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viernes, 3 de noviembre de 2017

Planificar mejores ciudades, un análisis necesario.

11/03/2017 02:37:00 p. m.

Por: Cristine Auclair y Mahmoud Al Burai.

Como observara la autora estadounidense-canadiense Jane Jacobs, las ciudades son motores de la prosperidad nacional y el crecimiento económico. Pero en su forma actual, las urbes modernas también catalizan la desigualdad y la degradación medioambiental. Actualmente el porcentaje de habitantes urbanos en situación de pobreza está creciendo: el 33% vive en barrios marginales (aquí los datos). A su vez, el 75% de las emisiones mundiales de dióxido de carbono se originan en áreas metropolitanas. Semejantes estadísticas deberían hacernos reflexionar: ¿las ciudades son realmente la mejor forma de organizar la vida humana?

Pueden llegar a serlo, pero solo si se realizan ajustes considerables a la forma en que se planifican, construyen y administran. Para que el crecimiento que impulsan las ciudades permita un futuro sostenible y próspero, los gobiernos y las constructoras deben volver a un enfoque de urbanización centrado en el usuario.

Hoy en día la mayoría de las ciudades no hacen parte a los actores clave en el proceso de planificación, lo que conduce a un desarrollo excluyente. Piénsese en una característica de muchas urbes mal planificadas: los proyectos inmobiliarios omnipresentes en su periferia. Estos esperpentos de múltiples unidades en medio de la nada suelen estar desconectados del transporte público y otros servicios, lo que agrava el aislamiento de sus residentes respecto del núcleo urbano.

Errores de diseño como estos, que tienen implicaciones económicas y sociales, son sin embargo apenas el comienzo. Para los profesionales de la planificación urbana como nosotros, resulta aún más preocupante el que en muchos lugares el proceso de planificación entero sea defectuoso: la forma en que reflexionamos sobre las ciudades, cómo se usan y por quién.

Incluso los departamentos de planificación mejor intencionados del mundo no siempre sitúan a la comunidad en primer lugar. Parte de esto refleja la poca certeza sobre quién “posee” una ciudad. Los residentes pueden llamarla “suya”, pero los gobernantes suelen actuar de formas que sugieren lo contrario. Por ejemplo, un gobierno que busque atraer inversiones podría equiparar los intereses económicos con las necesidades de los residentes, y de esta manera reducir los estándares ambientales o los impuestos de las empresas. No obstante, tales decisiones podrían conducir a la desurbanización, es decir, el abandono de las ciudades a medida que se tornan menos habitables.

La brecha entre viabilidad económica y responsabilidad ambiental puede ser muy amplia. Considérese la producción de automóviles tradicionales a gasolina. Si bien hoy en día este tipo de industria podría impulsar el crecimiento de algunas ciudades, la creciente preocupación pública sobre sus emisiones de COestá provocando cambios en la demanda de los consumidores. Las empresas que puedan sacar partido de estos cambios estarán mejor posicionadas para crecer a largo plazo.

La mayoría de las ciudades carece de un proceso democrático de planificación, y en muchas grandes áreas metropolitanas la desigualdad forma parte integral del tejido social. El punto de partida debe ser institucionalizar la planificación participativa. Es fundamental la existencia de programas que salvaguardan la democracia local fomentando la transparencia y la rendición de cuentas. Los residentes dotados de los conocimientos y los medios para expresar sus opiniones sobre los problemas que afectan a sus comunidades son mejores vecinos y los debates sobre planificación que tengan en cuenta sus puntos de vista generan un mejor diseño. Dado que en todas partes y bajo cualquier sistema político se juzga a los líderes por la habitabilidad de los lugares que supervisan, toda ciudad debiera tener como objetivo un proceso de planificación inclusivo.

Teniendo como punto de partida la planificación participativa, los gobiernos y los residentes podrán avanzar hacia la construcción de ciudades más estratégicamente vinculadas a sus regiones y áreas circundantes. Este tipo de crecimiento no solo se refiere a las conexiones de transporte, sino también a la coordinación de políticas y medidas en todos los sectores, incluidos la vivienda, los servicios sociales y la banca. De esta forma, se pueden definir más claramente los roles y las responsabilidades regionales, con una asignación de los recursos limitados que sea estratégica, equitativa y en base a una agenda común.

Con demasiada frecuencia las ciudades administran los recursos en compartimentos estancos burocráticos, lo que puede aumentar la rivalidad precisamente entre aquellos que deben trabajar de forma conjunta si las áreas urbanas que regulan han de invertir de forma inteligente e implementar políticas con efectividad. La autonomía local solo puede lograrse mediante una fuerte cooperación y coordinación regional.

La dispersión urbana es un buen ejemplo de por qué un enfoque regional de la planificación resulta crucial. Para limitar la dispersión se requiere una estrategia territorial coordinada, de modo que las ciudades puedan abordar problemáticas comunes como el transporte de mercancías, la concentración de viviendas y servicios y la gestión y ubicación de corredores industriales. La cooperación intermunicipal también puede lograr economías de escala al desincentivar la competencia innecesaria.

Muchas áreas urbanas se están diseñando como “ciudades para los ricos” en lugar de núcleos de población para todos. Esto potencia de forma gradual la segregación social y amenaza la seguridad de los residentes. Los términos de moda que suenan en la planificación, como “ciudades inteligentes” y “desarrollo urbano sostenible”, significan poco si las teorías en que se fundamentan benefician solo a una minoría.

Como anticipara Jacobs, la “ciudad” seguirá siendo el motor mundial del crecimiento económico y la prosperidad por muchas décadas. Pero para que ese motor funcione con más eficiencia, el mecanismo que lo impulsa –el propio proceso de planificación urbana– necesitará una puesta a punto.

Publicado Originalmente en Project syndicate

miércoles, 25 de octubre de 2017

Erradicar la Pobreza Mundial

10/25/2017 11:34:00 a. m.
Por: Angela Lusigi.

En este Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, bajo el tema “Responder al llamado del 17 de octubre a poner fin a la pobreza”, se nos recuerda que todavía en todas partes este es un fenómeno de múltiples dimensiones. Su erradicación implica ampliar la riqueza de la vida humana y no solo la riqueza económica en el que se desenvuelven las personas. Este concepto de desarrollo humano que defiende el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), reconoce que el ingreso es solo un medio. Todas las personas en todo el mundo necesitan más opciones y oportunidades para vivir la vida que valoran.

Sin embargo, a menudo se asume que la pobreza se circunscribe a determinados lugares y grupos y que la desigualdad (la enorme brecha en la capacidad de las personas para llevar una vida saludable, mantenerse informadas y participar en la vida pública), es inevitable. Sin embargo, como dijo Nelson Mandela: “Mientras la pobreza, la injusticia y la desigualdad persisten en nuestro mundo, nadie podrá realmente descansar”. Si lo que de verdad buscamos es erradicar la pobreza, no podemos soslayar la desigualdad entre los países, en el seno de los países y entre las mujeres y los hombres.

Muchos vivimos en países donde es posible encontrar un empleo, obtener buena educación e ir a hospitales de calidad. En otros, hay menos empleos de menor remuneración y el acceso a la salud y la educación es más limitado. Sin embargo, todos los países, independientemente de su tamaño, presentan disparidades socioeconómicas y geográficas, así como entre mujeres y hombres. En materia de desarrollo humano, todos los países empeoran su desempeño en un 22% cuando a la ecuación se le añade la desigualdad. Concretamente, esos porcentajes oscilan entre el 13% en Europa, 19% en Asia Oriental y el Pacífico, 23% en América Latina y el Caribe, 28% en los Estados árabes y Asia Meridional y el 32% en África.

En general, la desigualdad en la distribución y control de los recursos políticos, económicos y sociales, así como las instituciones sociales discriminatorias que alimentan el ciclo de exclusión son factores que perpetúan la desigualdad. Esto implica que un niño o una niña que nace en la pobreza en cualquier lugar del mundo tiene relativamente menos probabilidades de escapar de la pobreza. Es por ello que enfrentar la pobreza y la desigualdad en todas partes es fundamental para cumplir la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible (amplía el tema aquí), redoblando los esfuerzos y la inversión encaminados a romper el ciclo de pobreza entre generaciones y a contribuir a la movilidad social.

En una reciente publicación del PNUD (disponible aquí), se examinan la pobreza y la desigualdad. La evidencia muestra de forma rotunda que para erradicar la pobreza en África es necesario romper el ciclo de desigualdad con más y mejores empleos, educación de buena calidad y la eliminación de la exclusión en todas sus formas.

En primer lugar, el fomento a la creación de empleos y la iniciativa empresarial en la agricultura, la industria, el turismo, el entretenimiento y otros servicios proporcionará más y mejores oportunidades económicas sostenibles para los 201 millones de personas que actualmente están desempleadas, según la OIT. Es necesario aplicar medidas orientadas a reducir las barreras estructurales para cumplir el objetivo de la Agenda 2030 relativo al crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos y atender a los 2,7 millones de personas desempleadas en todo el mundo en 2017.

Por otro lado, está probado que un mejor acceso a educación de calidad reduce la desigualdad y la pobreza, acceso que necesitan los 61 millones de niños y niñas y los 60 millones de adolescentes que actualmente no asisten a la escuela, según UNICEF (aquí las cifras). Prestar servicios sociales de calidad, incluidos los de salud, agua y saneamiento para todas las personas constituye un desafío insoslayable. Las desigualdades persisten en todo el mundo debido a instituciones y prácticas sociales discriminatorias y servicios de distribución sesgados.

Por último, para eliminar la exclusión en la distribución de las riquezas nacionales resulta esencial instrumentar reformas que garanticen un acceso más igualitario a los recursos naturales, la inversión pública, impuestos racionales y el acceso universal a la protección social. Derribar las barreras que producen exclusión contribuye a una educación de calidad inclusiva y en condiciones de igualdad, a vidas saludables, a la igualdad de género y a una mayor igualdad entre los países y dentro de sus fronteras.

No obstante, el déficit de financiamiento para lograr la Agenda 2030 a nivel mundial es generalizado y se estima que equivale a entre dos y tres billones de dólares anuales, según la UNCTAD (aquí las cifras). Así, el mundo debe continuar trabajando mancomunadamente en nuevas modalidades, incluida una mayor cantidad de alianzas entre el sector público, el privado y la ciudadanía para intensificar la inversión necesaria a fin de erradicar la pobreza en todas sus formas, en todas partes. Según Victoria Woodhull, la primera mujer candidata a presidenta en los Estados Unidos en 1872, “no es la riqueza en las manos de unos pocos individuos lo que hace de un país un país próspero, sino la riqueza general distribuida equitativamente entre el pueblo”.


Fuente: Blog UNDP

miércoles, 11 de octubre de 2017

Tres escenarios para la Economía Global

10/11/2017 12:30:00 p. m.
Por: Nouriel Roubini.

El Fondo Monetario Internacional, que en los últimos años ha caracterizado el crecimiento global como el "nuevo mediocre", recientemente ha mejorado sus Perspectivas de la Economía Mundial (WEO). Pero, ¿está en lo correcto el FMI al pensar que el reciente brote de crecimiento continuará durante los próximos años, o es esta una subida temporal cíclica a punto de ser sometida por nuevos riesgos de cola?



Durante los últimos años, la economía mundial ha estado oscilando entre períodos de aceleración (cuando el crecimiento es positivo y se fortalece) y períodos de desaceleración (cuando el crecimiento es positivo, pero se debilita). Luego de más de un año de aceleración, ¿está el mundo encaminado hacia otra desaceleración, o la recuperación será persistente?

La actual expansión del crecimiento y de los mercados de renta variable se ha mantenido firme  desde el verano de 2016. A pesar de un breve contratiempo después de la votación por el “Brexit”, la aceleración soportó no sólo la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos, sino también la creciente incertidumbre política y caos geopolítico que él, en su mandato, ha generado. En respuesta a esta aparente resistencia, el Fondo Monetario Internacional (FMI), que en los últimos años ha caracterizado el crecimiento global como el "nuevo mediocre", recientemente mejoró sus “Perspectivas de la Economía Mundial” (informe conocido como WEO).

En ese sentido, ¿continuará dicho crecimiento en los próximos años? ¿O es que el mundo está experimentando una subida temporal cíclica que pronto será sometida por nuevos riesgos de cola (amplía aquí el concepto), como aquellos que han desencadenado otras ralentizaciones en los últimos años? Basta con recordar el verano de 2015 y principios de 2016, cuando los inversionistas temieron que (i) una dura caída de la economía China, (ii) una salida excesivamente rápida de las bajas tasas de interés por parte de la Reserva Federal de Estados Unidos, (iii) una paralización del crecimiento del PIB estadounidense y (iv) bajos precios del petróleo, conspiraran para socavar el crecimiento mundial.

Es así como, uno puede visualizar tres escenarios posibles para la economía global en los próximos tres años o más. En el escenario alcista, las cuatro economías más grandes (y sistemáticamente importantes) del mundo, China, la Eurozona, Japón y Estados Unidos, implementan reformas estructurales que permiten impulsar el crecimiento potencial y abordar vulnerabilidades financieras. Al asegurar que la recuperación cíclica se asocie con un mayor potencial y crecimiento real, tales esfuerzos producirían un crecimiento robusto del PIB, una inflación baja, pero moderadamente creciente, y una relativa estabilidad financiera durante muchos años más. Los mercados bursátiles estadounidenses, así como los globales, alcanzarán nuevos niveles justificados por fundamentos más sólidos.

En el escenario bajista sucede lo contrario: las principales economías del mundo no implementan reformas estructurales que impulsen el crecimiento potencial. En lugar de usar estos meses (cuando celebran el Congreso Nacional del Partido Comunista), como un catalizador para la reforma, China patea la lata cuesta abajo, siguiendo en un camino de apalancamiento excesivo y exceso de capacidad. La Eurozona no logra una mayor integración, mientras que las restricciones políticas limitan la capacidad de los hacedores de políticas nacionales para implementar reformas estructurales que mejoren el crecimiento. Y Japón sigue estancado en su trayectoria de bajo crecimiento, ya que las reformas de la oferta y la liberalización comercial (la tercera "flecha" de la estrategia económica del primer ministro Shinzo Abe), se desvanecen.

En cuanto a Estados Unidos, la administración Trump, en este segundo escenario, continúa aplicando un enfoque de política (incluyendo el recorte de impuestos que favorece abrumadoramente a los ricos, el proteccionismo comercial y las restricciones a la migración), que bien podría reducir el crecimiento potencial. El estímulo fiscal excesivo conduce a fugas de déficit y deuda, lo que resulta en tasas de interés más altas y un dólar más fuerte, debilitando aún más el crecimiento. “Gatillo Alegre” Trump podría incluso terminar en un conflicto militar con Corea del Norte y, más tarde, con Irán, disminuyendo aún más las perspectivas económicas de Estados Unidos.


En este escenario, la falta de reformas en las principales economías limitará la recuperación cíclica  por la baja tendencia del crecimiento. Si el crecimiento potencial sigue siendo bajo, las políticas de relajación cuantitativa (quantitative easing), monetarias y crediticias, podrían conducir a la inflación de bienes y/o activos, causando eventualmente una desaceleración económica (y posiblemente una recesión absoluta y crisis financiera), cuando las burbujas de activos exploten o la inflación suba.

El tercer (en mi opinión más probable) escenario, se encuentra entre los dos primeros. La recuperación cíclica, tanto en el crecimiento como en los mercados de renta variable, continúa durante un tiempo, impulsada por los remanentes vientos de cola. Sin embargo, si bien las grandes economías persiguen algunas reformas estructurales para mejorar el crecimiento potencial, el ritmo de cambio es mucho más lento (y su alcance más modesto) de lo necesario para maximizar el potencial.

En China, este escenario del tipo “salir del paso” implica hacer lo suficiente para evitar un aterrizaje forzoso, pero no lo suficiente para lograr que sea realmente suave; con las vulnerabilidades financieras dejadas sin resolver, la angustia llega a ser casi inevitable con el tiempo. En la eurozona, este escenario solamente implicaría un progreso nominal hacia una mayor integración, con el continuo rechazo de Alemania de una verdadera división de riesgos o de una unión fiscal, debilitando los incentivos para que los países miembros en lucha emprendan reformas difíciles. En Japón, una administración cada vez más ineficaz de Abe implementaría reformas mínimas, dejando el crecimiento potencial atascado debajo del 1%.

En Estados Unidos, la presidencia de Trump permanecería volátil e ineficaz, con un creciente número de estadounidenses dándose cuenta de que, a pesar de su pretensión populista, Trump es simplemente un plutócrata que protege los intereses de los ricos. La desigualdad aumenta; la clase media se estanca; los salarios apenas crecen; y el consumo, así como el crecimiento siguen siendo anémicos, apenas cerca del 2%.

Pero los riesgos del “salir de paso” se extienden mucho más allá del mediocre desempeño económico. Este escenario no representa un equilibrio estable, sino un desequilibrio inestable, vulnerable a los choques económicos, financieros y geopolíticos. Cuando tales choques eventualmente surjan, la economía se inclinará en una desaceleración o, si el choque es lo suficientemente grande, incluso la recesión y la crisis financiera.

En otras palabras, si el mundo simplemente sale del paso, como parece probable, podría, dentro de tres o cuatro años, enfrentar una perspectiva más bajista. La lección es clara: o bien los líderes políticos y los responsables políticos demuestran el liderazgo necesario para asegurar un mejor pronóstico a mediano plazo, o bien los riesgos a la baja se materializarán en poco tiempo y causarán serios daños a la economía global.

Traducción: Humanolitics.org.ve
Publicado Originalmente en Project-Syndicate

lunes, 9 de octubre de 2017

¿Son alcanzables los Objetivos de Desarrollo Sostenible?

10/09/2017 01:30:00 p. m.
Por: Andrew Sheng y Xiao Geng.


El reciente discurso del presidente de EEUU Donald Trump en las Naciones Unidas ha recibido mucha atención por su retórica bizarra y belicosa, incluyendo amenazas de desmantelar el acuerdo nuclear de Irán y "destruir totalmente" a Corea del Norte (aquí el discurso). El mensaje subyacente a sus declaraciones fue claro: el Estado soberano sigue dominando, con intereses nacionales que eclipsan objetivos compartidos. Esto no es un buen augurio para los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

Adoptados por la ONU apenas un año antes de la elección de Trump, los ODS requerirán que los países cooperen en objetivos globales cruciales relacionados con el cambio climático, la pobreza, la salud pública y mucho más. En una época de desprecio por la cooperación internacional (por no hablar de la negación atrincherada al cambio climático en la administración de Trump), surge una pregunta importante, ¿se está logrando el deseo de los ODS?

Los ODS nacieron obligados a enfrentarse a fuertes obstáculos, debido a la interrupción tecnológica, la rivalidad geopolítica y la creciente desigualdad social. Pero los discursos populistas que promueven políticas nacionalistas, incluido el proteccionismo comercial (aquí una definición), han intensificado considerablemente dichos obstáculos. En pocas palabras, las poblaciones están perdiendo la fe en que la ortodoxia de desarrollo global de la buena gobernanza (incluida la disciplina monetaria y fiscal), y los mercados libres puedan beneficiarlos.

Con todos los países avanzados enfrentándose a graves restricciones fiscales y los mercados emergentes debilitados por los menores precios de las materias primas, pagar por bienes públicos mundiales se ha vuelto aún más desagradable. Los recortes presupuestarios (junto con los problemas de rendición de cuentas y los nuevos retos tecnológicos), también están perjudicando a los encargados de la buena gobernanza. Y los mercados cada vez más parecen ser capturados por intereses creados.

Los resultados económicos a menudo tienen su origen en la política. Roberto Unger, de la Escuela de Leyes de Harvard, ha argumentado que superar los desafíos del desarrollo basado en el conocimiento, exigirá un "vanguardismo inclusivo". Menciona que, la democratización de la economía de mercado sólo es posible con "una correspondiente profundización de la política democrática", lo que implica "la reconstrucción institucional del propio mercado".

Sin embargo, en EEUU, parece improbable que el sistema político produzca tal reconstrucción. Los profesores de la Escuela de Negocios de Harvard, Katherine Gehl y Michael Porter, argumentan que el sistema bipartidista de EEUU "se ha convertido en la principal barrera para resolver casi todos los desafíos importantes" que enfrenta el país.



Los líderes políticos, Gehl y Porter continúan diciendo, "se compite en ideología y promesas poco realistas, no en acción y resultados", y "dividen a los votantes y sirven a intereses especiales", todo mientras se les atribuye poca responsabilidad por ello. En un libro que está siendo preparado por el Profesor Shalendra Sharma de la Universidad de San Francisco, se corrobora este punto de vista: Al comparar la desigualdad económica en China, la India y EEUU, Sharma sostiene que la gobernanza tanto democrática como autoritaria no ha logrado promover un desarrollo equitativo.

Hay cuatro posibles combinaciones de resultados para los países: (1) buen gobierno y buenas políticas económicas; (2) buena política y mala economía; (3) mala política y buena economía; y (4) mala política y mala economía. En igualdad de condiciones, hay una probabilidad de uno en cuatro de lograr una situación de buena gobernanza y de buen desempeño económico. Esa probabilidad se ve disminuida por otras perturbaciones, desde los desastres naturales hasta las interferencias externas.

Hay quienes creen que la tecnología ayudará a superar tales interrupciones, estimulando el crecimiento suficiente para generar los recursos necesarios para mitigar su impacto. Pero si bien la tecnología es favorable al consumidor, produce sus propios costos considerables.

La tecnología elimina empleos a corto plazo y exige la revalorización de la mano de obra. Además, la tecnología de uso intensivo de conocimientos tiene un efecto de red del tipo “el ganador se lleva todo”, por medio del cual los centros de actividad aprovechan el acceso al conocimiento y al poder, dejando a los grupos menos privilegiados, clases, sectores y regiones luchando por competir.

Gracias a los medios de comunicación social, el descontento resultante se propaga ahora más rápido que nunca, derivando en una política destructiva. Esto puede llevar a la interferencia geopolítica, que rápidamente se deriva en un escenario de perder-perder, como el ya evidente en los países afectados por la falta de agua y los conflictos sociales, donde los gobiernos son frágiles o fracasan.

La combinación de mala política y economía en un país puede contagiarse fácilmente, ya que la creciente migración extiende el estrés político y la inestabilidad a otros países (consulta datos migratorios aquí). Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, había 65 millones de refugiados el año pasado, en comparación con sólo 1,6 millones en 1960. Dada la resistencia de los conflictos geopolíticos, por no mencionar el rápido crecimiento del cambio climático, no se espera que los niveles migratorios disminuyan por lo pronto.

Los ODS pretenden aliviar estas presiones, protegiendo el medio ambiente y mejorando la vida de las personas dentro de sus países de origen. Pero lograrlo requerirá políticas mucho más responsables y un consenso social mucho más fuerte, empezando por un cambio fundamental en la mentalidad, desde una centrada en la competencia, a una que haga hincapié en la cooperación.

Al igual que no tenemos un mecanismo fiscal global para garantizar la provisión de bienes públicos mundiales, no tenemos políticas monetarias o de bienestar para mantener la estabilidad de precios y la paz social. Es por ello que las instituciones multilaterales necesitan ser mejoradas y reestructuradas, incluyendo mecanismos efectivos de implementación y toma de decisiones para manejar los desafíos globales de desarrollo tales como brechas de infraestructura, migración, cambio climático e inestabilidad financiera. Tal sistema ayudaría mucho a apoyar el progreso hacia los ODS.

En ese sentido, Roberto Unger sostiene que todas las democracias actuales "son democracias defectuosas, de baja energía", en las que "ningún trauma" (en forma de ruina económica o conflicto militar) significa "ninguna transformación". Y tiene razón, pues en este ambiente, reflejado en el abrazo de los líderes mundiales actuales al modelo anticuado de estados-nación de Westfalia (amplía aquí el tema), el logro de los ODS probablemente será imposible.

Traducción: Humanolitics.org.ve
Artículo publicado originalmente en Project-Syndicate

viernes, 6 de octubre de 2017

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