lunes, 11 de septiembre de 2017

Artículo: Por qué Mentimos



Por: Yudhijit Bhattacharjee.
Para la revista National Geographic.



Imagen creada por Freepik. Libre difusión.
Apenas había recibido alguna educación formal. Había pasado su adolescencia casi completamente solo, sin una casa, en Utah, Estados Unidos, donde había arreado ganado, criado ovejas y leído filosofía. Él mismo se entrenó como corredor de fondo en el desierto de Mojave.

Santana pronto se convirtió en una suerte de estrella en el campus. Académicamente también le iba bien: sacaba "A" en casi todas las materias. Su talante reservado y antecedentes inusuales le otorgaban un atractivo enigmático. Cuando un compañero de habitación le preguntó por qué su cama siempre parecía estar perfectamente bien hecha, le contestó que dormía en el suelo. Parecía muy lógico que alguien que había pasado buena parte de su vida durmiendo al aire libre no estuviera encariñado con las camas.

Su historia era mentira. Unos 18 meses después de matricularse, una mujer lo reconoció como Jay Huntsman, de Palo Alto High School, en California, a quien había conocido hacía seis años. Pero ese tampoco era su verdadero nombre. En realidad era James Hogue, de 31 años, quien había pasado tiempo en prisión por una sentencia en Utah por robo de herramientas y partes de bicicletas. Se lo llevaron esposado de Princeton. En los años siguientes, Hogue ha sido arrestado varias veces por acusaciones de robo. En noviembre, cuando fue arrestado por hurtar en Aspen, Colorado, trató de hacerse pasar por alguien más. 

La historia de la humanidad está llena de mentirosos hábiles y experimentados como Hogue. Muchos son criminales que urden engaños para conseguir recompensas injustas, como hizo por años el financiero Bernie Madoff, estafando millones de dólares a inversionistas hasta que se vino abajo su esquema Ponzi. Algunos son políticos que mienten para llegar al poder o aferrarse a él, como Richard Nixon cuando negó tener papel alguno en el escándalo Watergate.

A veces, la gente miente para mejorar su imagen, motivación que puede explicar muy bien la afirmación, fácilmente rebatible, del presidente Donald Trump de que la cantidad de asistentes a su toma de protesta fue mayor que la de la primera de Barack Obama. La gente miente para esconder un mal comportamiento, como el nadador estadounidense Ryan Lochte durante los Juegos Olímpicos de verano de 2016, quien afirmó que lo habían asaltado a punta de pistola en una gasolinera cuando, de hecho, él y sus compañeros de equipo, borrachos después de una fiesta, habían sido encarados por guardias de seguridad armados por dañar propiedad ajena. Incluso la ciencia académica (mundo ampliamente habitado por gente dedicada a la búsqueda de la verdad), ha demostrado tener una galería de impostores, como el físico Jan Hendrick Schön, cuyos supuestos hallazgos en la investigación de semiconductores moleculares fueron fraudulentos.

Estos embusteros obtuvieron notoriedad por lo indignante, descarado o dañino de sus falsedades. Pero su engaño no hace de ellos el tipo de aberración que nos podríamos imaginar. Las mentiras que los impostores, estafadores y políticos fanfarrones espetan apenas yacen en la cima de una pirámide de engaños que ha caracterizado el comportamiento humano por miles de años.

Resulta que la mayoría de nosotros somos muy versados en mentir. Mentimos con facilidad, de manera pequeña o grande, a extraños, colegas, amigos y seres amados. Nuestra capacidad para practicar la deshonestidad nos es tan fundamental como nuestra necesidad de confiar en los demás, lo que, irónicamente, nos hace pésimos para detectar mentiras. Ser engañosos está entramado en nuestro tejido mismo, tanto que sería veraz decir que mentir es humano.

Bella Depaulo, psicóloga social de la Universidad de California en Santa Bárbara, fue quien documentó por primera vez de manera sistemática la ubicuidad de la mentira. Hace dos décadas, Depaulo y sus colegas les pidieron a 147 adultos que tomaran nota durante una semana cada vez que trataban de engañar a alguien. Los investigadores encontraron que estos sujetos mentían una o dos veces al día en promedio. La mayoría eran mentiras inocuas y su intención era esconder la propia ineptitud o proteger los sentimientos de los demás. Algunas eran excusas (un sujeto justificó no haber sacado la basura aduciendo que desconocía dónde iba). Sin embargo, otras mentiras (como afirmar ser hijo de un diplomático), tenían como intención dar una imagen falsa. Mientras que estas fueron trasgresiones menores, un estudio posterior de Depaulo y otros colegas que involucraba un muestreo similar indicó que la mayoría de la gente ha dicho una o más “mentiras graves”, en algún momento, como ocultarle una aventura al cónyuge o hacer declaraciones falsas en solicitudes para la universidad.

No debería sorprendernos que los seres humanos posean de manera universal un talento para engañarse entre sí. Los investigadores especulan que la mentira como comportamiento surgió no mucho después que el lenguaje. La habilidad para manipular a los demás sin utilizar la fuerza física probablemente otorgó ventaja en la competencia por recursos y parejas, similar a la evolución de estrategias engañosas en el reino animal, como el camuflaje. “Comparado con otros modos de obtener poder, mentir es muy fácil (puntualiza Sissela Bok, profesora de ética en la Universidad de Harvard y una de las pensadoras más prominentes en la materia). Es mucho más fácil mentir para conseguir el dinero o la riqueza de alguien que pegarle en la cabeza o robar un banco”

El origen y desarrollo de la capacidad de mentir.

Imagen creada por Freepik. Libre difusión.
Debido a que mentir ha llegado a reconocerse como un rasgo humano profundamente arraigado, investigadores de ciencias sociales y neurocientíficos han buscado iluminar la naturaleza y los orígenes de este comportamiento. ¿Cómo y cuándo aprendemos a mentir? ¿Cuáles son las causas psicológicas y neurobiológicas de la deshonestidad? ¿Dónde pinta la raya la mayoría de nosotros? Los investigadores han descubierto que somos propensos a creer algunas mentiras incluso cuando son inequívocamente contradichas por evidencia fehaciente. Estas revelaciones sugieren que nuestra proclividad a engañar a otros y nuestra vulnerabilidad a ser engañados resultan en especial relevantes en la era de las redes sociales. Nuestra capacidad como sociedad de separar la verdad de la mentira se encuentra bajo una amenaza sin precedentes.

Igual que aprender a caminar y hablar, mentir es una especie de logro del desarrollo. Mientras los padres suelen considerar preocupantes las mentiras de los niños (ya que son una muestra del inicio de la pérdida de la inocencia), Kang Lee, psicólogo de la Universidad de Toronto, ve el principio de este comportamiento en los niños pequeños como signo tranquilizador de que su crecimiento cognitivo va por buen camino.

Para estudiar la mentira en los niños, Lee y sus colegas usan un experimento sencillo. Les piden que adivinen la identidad de juguetes con base en pistas auditivas. Para los primeros juguetes, la pista es obvia (un ladrido para un perro, un maullido para un gato), y los niños responden con facilidad. Luego, el sonido que se reproduce no tiene nada que ver con el objeto. “Entonces, pones a Beethoven, pero el juguete es un auto”, explica Lee. El investigador deja la habitación con el pretexto de atender una llamada telefónica (una mentira por el bien de la ciencia) y les pide a los niños que no se asomen a ver los juguetes. Al regresar, pide a cada uno la respuesta, seguida por una pregunta: “¿Te asomaste o no?”.

La mayoría de los niños no se resiste a asomarse, descubrieron gracias a cámaras escondidas. El porcentaje de niños que se asoman y luego mienten depende de su edad. Entre los trasgresores de dos años, solo 30% son honestos. Entre los de tres años, 50% miente. Y, para los ocho años, alrededor de 80 % afirma que no se asomó.

Los niños también se vuelven mejores para mentir conforme crecen. Al adivinar el juguete que secretamente espiaron, los de tres y cuatro años dan la respuesta correcta sin darse cuenta de que esto revela su trasgresión y mentira. A los siete u ocho años, los niños aprenden a enmascarar su mentira respondiendo mal a propósito o tratando de que su respuesta parezca una suposición menos razonada.


Los niños de entre cinco y seis años caen en medio. En otro estudio, Lee utilizó al dinosaurio Barney. Una niña de cinco años que negó haberse asomado a ver el juguete escondido bajo una tela le dijo a Lee que quería tocarlo antes de adivinar. “De manera que metió la mano bajo la tela, cerró los ojos y dijo: "Ah, ya sé, es Barney" (recuerda Lee). Le pregunto por qué y dijo: "Porque se siente morado".

Lo que motiva este incremento en la sofisticación de la mentira es el desarrollo de la capacidad del niño para ponerse en los zapatos de alguien más. Conocida como la teoría de la mente, es la facilidad que adquirimos para entender las creencias, intenciones y conocimientos de los demás. Para mentir también es fundamental la función ejecutiva del cerebro: las capacidades requeridas para planeación, atención y autocontrol. Los niños de dos años que mintieron en el experimento de Lee lograron mejores resultados en pruebas de la teoría de la mente y función ejecutiva que quienes no lo hicieron. Incluso a los 16 años, los niños que eran mentirosos competentes tuvieron mejores resultados que los mentirosos mediocres. Por otro lado, los niños en el espectro autista (conocidos por su retraso para desarrollar una teoría de la mente robusta) no son buenos mentirosos.

Unos mienten más que otros.

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El equipo de Patrick Couwenberg y sus colegas jueces en la Corte Superior de Los Ángeles creían que él era un héroe estadounidense. De acuerdo con lo que contaba, le habían otorgado un Corazón Púrpura en Vietnam. Había participado en operaciones encubiertas para la Agencia Central de Inteligencia. El juez también se jactaba de tener un historial académico impresionante: licenciatura en física y maestría en psicología. Nada de eso era cierto. Cuando fue confrontado, Couwenberg culpó a un padecimiento llamado pseudología fantástica, tendencia a contar historias que contienen hechos entrelazados con fantasía. El argumento no le sirvió para evitar su remoción de la magistratura en 2001.

No parece haber consenso entre psiquiatras respecto a la relación entre la salud mental y la mentira, si bien la gente con ciertos desórdenes psiquiátricos parece exhibir patrones específicos de mentiras (quienes han sido diagnosticados con trastorno antisocial de la personalidad suelen decir mentiras manipuladoras), hay algunos, como los narcisistas, que pueden decir falsedades para reforzar su imagen.

Pero ¿hay algo único en los cerebros de los individuos que mienten más que los otros? En 2005, la psicóloga Yaling Yang y sus colegas compararon escaneos cerebrales de tres grupos: 12 adultos con un historial de mentiras repetidas; 16 que cumplían con los criterios del trastorno antisocial de la personalidad, pero no eran mentirosos frecuentes, y 21 que no eran ni antisociales ni tenían el hábito de mentir. Los investigadores encontraron que los mentirosos tenían por lo menos 20 % más fibras nerviosas por volumen en la corteza prefrontal. Es posible que esto los predisponga a mentir, porque se les pueden ocurrir mentiras con mayor facilidad que a los demás, o podría ser el resultado de mentir repetidamente.

Los psicólogos Nobuhito Abe, de la Universidad de Kioto, y Joshua Greene, de la Universidad de Harvard, escanearon los cerebros de sujetos mediante imágenes de resonancia magnética funcional (IRMF) y encontraron que quienes actuaban de manera deshonesta mostraban mayor actividad en el núcleo accumbens, estructura en el lóbulo frontal basal con un papel clave en el proceso de recompensa. “Mientras más se estimula tu sistema de recompensa por la promesa de obtener dinero (incluso en un contexto perfectamente honesto), más propenso eres a hacer trampa”, explica Greene. En otras palabras, la codicia podría incrementar la predisposición a mentir.

Una mentira puede llevar a otra y a otra, como lo demuestra la forma de mentir sin remordimiento de estafadores seriales como Hogue. Un experimento de Tali Sharot, neurocientífica del University College de Londres, y sus colegas, mostró cómo el cerebro se acostumbra al estrés o a la incomodidad emocional que ocurre cuando mentimos, lo que facilita la mentira siguiente. En los escaneos por IRMF de los participantes, el equipo se centró en la amígdala, región involucrada en el procesamiento de emociones. La respuesta de la amígdala a las mentiras se debilitaba progresivamente con cada una, incluso conforme estas se hacían más grandes. “Quizá involucrarse en pequeños engaños puede llevar a engaños mayores”, comenta Sharot.

La confianza social y su dura relación con la mentira.


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Mucho del conocimiento que utilizamos para transitar por el mundo proviene de lo que otros nos han dicho. Sin la confianza implícita que tenemos en la comunicación humana estaríamos paralizados como individuos y dejaríamos de tener relaciones sociales. “Obtenemos tanto de creer y hay relativamente poco daño cuando nos embaucan de manera ocasional”, dice Tim Levine, psicólogo de la Universidad de Alabama en Birmingham, quien llama a esta idea la teoría de la verdad por default.

Estar programados para confiar nos hace intrínsecamente crédulos. “Si le dices a alguien "soy piloto", no se sientan a pensar "quizá no es piloto, por qué diría que lo es". No piensan de esa manera”, dice Frank Abagnale, Jr., consultor de seguridad cuyas estafas cuando era joven, incluyendo la falsificación de cheques y hacerse pasar por piloto de una aerolínea, inspiraron la película de 2002 Atrápame si puedes. “Por eso funcionan las estafas, porque, cuando suena el teléfono y el identificador de llamadas dice Servicio de Recaudación Interna, la gente cree automáticamente que son ellos. No se dan cuenta de que alguien pudo haber manipulado el identificador de quien llama”.

Robert Feldman, psicólogo de la Universidad de Massachusetts, lo llama la ventaja del mentiroso. “La gente no espera mentiras, no las busca (asegura), y gran parte del tiempo quiere oír lo que está oyendo”. Oponemos poca resistencia a los engaños que nos gustan y reconfortan, ya sea el elogio falso o la imposibilidad de tener altos rendimientos de inversión. Cuando la gente con riqueza, poder y estatus nos ofrece falsedades, estas parecen más fáciles de tragar, como lo evidencian las notas crédulas de los medios respecto a la afirmación de robo de Lochte, que se resolvió poco después.

Los investigadores han mostrado que somos especialmente propensos a aceptar mentiras que confirman nuestra visión del mundo. Los memes que afirman que Obama no nació en Estados Unidos, niegan el cambio climático, acusan al gobierno estadounidense de planear los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y difunden otros “hechos alternativos”, como llamó la consejera de Trump a las afirmaciones respecto a los asistentes a la toma de posesión, han prosperado en internet y redes sociales debido a esta vulnerabilidad. Desacreditarlos no elimina su poder, porque la gente evalúa la evidencia presentada mediante un marco de creencias y prejuicios preexistentes, dice George Lakoff, lingüista cognitivo de la Universidad de California en Berkeley. “Si llega un hecho que no encaja en tu marco, no lo notarás o lo ignorarás, o lo ridiculizarás, o te intrigará; o lo atacarás si es amenazador”.

Un estudio reciente llevado a cabo por Briony Swire-thompson, candidata al doctorado en psicología cognitiva en la Universidad de Australia Occidental, documenta la inefectividad de la información basada en evidencia a la hora de refutar creencias incorrectas. En 2015, Swire-thompson les presentó a alrededor de 2000 adultos estadounidenses una de dos afirmaciones: “Las vacunas causan autismo” o “Donald Trump dijo que las vacunas causan autismo” (Trump ha sugerido repetidamente que hay una relación, pese a la falta de evidencia científica que lo respalde).

No sorprende que los participantes que apoyaban a Trump mostraran una mayor creencia en la información errónea cuando estaba vinculada al nombre de Trump. Posteriormente se les dio a los participantes una pequeña explicación (citando un estudio a gran escala), de por qué la relación entre las vacunas y el autismo era falsa, y se les pidió que reevaluaran su creencia al respecto. Los participantes (a lo largo de todo el espectro político), ahora aceptaban que las declaraciones que sostenían dicha relación eran falsas, pero se vio que su creencia en la desinformación había regresado casi al mismo nivel al examinarlos de nuevo una semana más tarde.

Otros estudios han mostrado que la evidencia que socava las mentiras podría de hecho reforzar la creencia en ellas. “La gente es propensa a pensar que la información familiar es verdadera. Así que, cada vez que te retractas, corres el riesgo de volverla más familiar, lo que hace que la retracción sea en realidad menos efectiva, irónicamente, a largo plazo”, afirma Swire-thompson.

¿Cuál podría ser entonces la mejor manera de impedir el avance raudo de las mentiras en nuestras vidas colectivas? La respuesta no es clara. La tecnología ha abierto una nueva frontera para el engaño, añadiendo una vuelta de tuerca del siglo XXI al conflicto milenario entre nuestro ser mentiroso y el confiado.


Publicado originalmente en: National Geographic Magazine. "Why We Lie: The science behind our complicated relationship with the truth". Vol. 231. Nº 6. Junio 2017. National Geographic Partners, LLC. Washington, DC.

Transcrito y Traducido por Humanolitics.





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