lunes, 9 de octubre de 2017

¿Son alcanzables los Objetivos de Desarrollo Sostenible?

Por: Andrew Sheng y Xiao Geng.


El reciente discurso del presidente de EEUU Donald Trump en las Naciones Unidas ha recibido mucha atención por su retórica bizarra y belicosa, incluyendo amenazas de desmantelar el acuerdo nuclear de Irán y "destruir totalmente" a Corea del Norte (aquí el discurso). El mensaje subyacente a sus declaraciones fue claro: el Estado soberano sigue dominando, con intereses nacionales que eclipsan objetivos compartidos. Esto no es un buen augurio para los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

Adoptados por la ONU apenas un año antes de la elección de Trump, los ODS requerirán que los países cooperen en objetivos globales cruciales relacionados con el cambio climático, la pobreza, la salud pública y mucho más. En una época de desprecio por la cooperación internacional (por no hablar de la negación atrincherada al cambio climático en la administración de Trump), surge una pregunta importante, ¿se está logrando el deseo de los ODS?

Los ODS nacieron obligados a enfrentarse a fuertes obstáculos, debido a la interrupción tecnológica, la rivalidad geopolítica y la creciente desigualdad social. Pero los discursos populistas que promueven políticas nacionalistas, incluido el proteccionismo comercial (aquí una definición), han intensificado considerablemente dichos obstáculos. En pocas palabras, las poblaciones están perdiendo la fe en que la ortodoxia de desarrollo global de la buena gobernanza (incluida la disciplina monetaria y fiscal), y los mercados libres puedan beneficiarlos.

Con todos los países avanzados enfrentándose a graves restricciones fiscales y los mercados emergentes debilitados por los menores precios de las materias primas, pagar por bienes públicos mundiales se ha vuelto aún más desagradable. Los recortes presupuestarios (junto con los problemas de rendición de cuentas y los nuevos retos tecnológicos), también están perjudicando a los encargados de la buena gobernanza. Y los mercados cada vez más parecen ser capturados por intereses creados.

Los resultados económicos a menudo tienen su origen en la política. Roberto Unger, de la Escuela de Leyes de Harvard, ha argumentado que superar los desafíos del desarrollo basado en el conocimiento, exigirá un "vanguardismo inclusivo". Menciona que, la democratización de la economía de mercado sólo es posible con "una correspondiente profundización de la política democrática", lo que implica "la reconstrucción institucional del propio mercado".

Sin embargo, en EEUU, parece improbable que el sistema político produzca tal reconstrucción. Los profesores de la Escuela de Negocios de Harvard, Katherine Gehl y Michael Porter, argumentan que el sistema bipartidista de EEUU "se ha convertido en la principal barrera para resolver casi todos los desafíos importantes" que enfrenta el país.



Los líderes políticos, Gehl y Porter continúan diciendo, "se compite en ideología y promesas poco realistas, no en acción y resultados", y "dividen a los votantes y sirven a intereses especiales", todo mientras se les atribuye poca responsabilidad por ello. En un libro que está siendo preparado por el Profesor Shalendra Sharma de la Universidad de San Francisco, se corrobora este punto de vista: Al comparar la desigualdad económica en China, la India y EEUU, Sharma sostiene que la gobernanza tanto democrática como autoritaria no ha logrado promover un desarrollo equitativo.

Hay cuatro posibles combinaciones de resultados para los países: (1) buen gobierno y buenas políticas económicas; (2) buena política y mala economía; (3) mala política y buena economía; y (4) mala política y mala economía. En igualdad de condiciones, hay una probabilidad de uno en cuatro de lograr una situación de buena gobernanza y de buen desempeño económico. Esa probabilidad se ve disminuida por otras perturbaciones, desde los desastres naturales hasta las interferencias externas.

Hay quienes creen que la tecnología ayudará a superar tales interrupciones, estimulando el crecimiento suficiente para generar los recursos necesarios para mitigar su impacto. Pero si bien la tecnología es favorable al consumidor, produce sus propios costos considerables.

La tecnología elimina empleos a corto plazo y exige la revalorización de la mano de obra. Además, la tecnología de uso intensivo de conocimientos tiene un efecto de red del tipo “el ganador se lleva todo”, por medio del cual los centros de actividad aprovechan el acceso al conocimiento y al poder, dejando a los grupos menos privilegiados, clases, sectores y regiones luchando por competir.

Gracias a los medios de comunicación social, el descontento resultante se propaga ahora más rápido que nunca, derivando en una política destructiva. Esto puede llevar a la interferencia geopolítica, que rápidamente se deriva en un escenario de perder-perder, como el ya evidente en los países afectados por la falta de agua y los conflictos sociales, donde los gobiernos son frágiles o fracasan.

La combinación de mala política y economía en un país puede contagiarse fácilmente, ya que la creciente migración extiende el estrés político y la inestabilidad a otros países (consulta datos migratorios aquí). Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, había 65 millones de refugiados el año pasado, en comparación con sólo 1,6 millones en 1960. Dada la resistencia de los conflictos geopolíticos, por no mencionar el rápido crecimiento del cambio climático, no se espera que los niveles migratorios disminuyan por lo pronto.

Los ODS pretenden aliviar estas presiones, protegiendo el medio ambiente y mejorando la vida de las personas dentro de sus países de origen. Pero lograrlo requerirá políticas mucho más responsables y un consenso social mucho más fuerte, empezando por un cambio fundamental en la mentalidad, desde una centrada en la competencia, a una que haga hincapié en la cooperación.

Al igual que no tenemos un mecanismo fiscal global para garantizar la provisión de bienes públicos mundiales, no tenemos políticas monetarias o de bienestar para mantener la estabilidad de precios y la paz social. Es por ello que las instituciones multilaterales necesitan ser mejoradas y reestructuradas, incluyendo mecanismos efectivos de implementación y toma de decisiones para manejar los desafíos globales de desarrollo tales como brechas de infraestructura, migración, cambio climático e inestabilidad financiera. Tal sistema ayudaría mucho a apoyar el progreso hacia los ODS.

En ese sentido, Roberto Unger sostiene que todas las democracias actuales "son democracias defectuosas, de baja energía", en las que "ningún trauma" (en forma de ruina económica o conflicto militar) significa "ninguna transformación". Y tiene razón, pues en este ambiente, reflejado en el abrazo de los líderes mundiales actuales al modelo anticuado de estados-nación de Westfalia (amplía aquí el tema), el logro de los ODS probablemente será imposible.

Traducción: Humanolitics.org.ve
Artículo publicado originalmente en Project-Syndicate

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