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viernes, 3 de noviembre de 2017

Planificar mejores ciudades, un análisis necesario.

11/03/2017 02:37:00 p. m.

Por: Cristine Auclair y Mahmoud Al Burai.

Como observara la autora estadounidense-canadiense Jane Jacobs, las ciudades son motores de la prosperidad nacional y el crecimiento económico. Pero en su forma actual, las urbes modernas también catalizan la desigualdad y la degradación medioambiental. Actualmente el porcentaje de habitantes urbanos en situación de pobreza está creciendo: el 33% vive en barrios marginales (aquí los datos). A su vez, el 75% de las emisiones mundiales de dióxido de carbono se originan en áreas metropolitanas. Semejantes estadísticas deberían hacernos reflexionar: ¿las ciudades son realmente la mejor forma de organizar la vida humana?

Pueden llegar a serlo, pero solo si se realizan ajustes considerables a la forma en que se planifican, construyen y administran. Para que el crecimiento que impulsan las ciudades permita un futuro sostenible y próspero, los gobiernos y las constructoras deben volver a un enfoque de urbanización centrado en el usuario.

Hoy en día la mayoría de las ciudades no hacen parte a los actores clave en el proceso de planificación, lo que conduce a un desarrollo excluyente. Piénsese en una característica de muchas urbes mal planificadas: los proyectos inmobiliarios omnipresentes en su periferia. Estos esperpentos de múltiples unidades en medio de la nada suelen estar desconectados del transporte público y otros servicios, lo que agrava el aislamiento de sus residentes respecto del núcleo urbano.

Errores de diseño como estos, que tienen implicaciones económicas y sociales, son sin embargo apenas el comienzo. Para los profesionales de la planificación urbana como nosotros, resulta aún más preocupante el que en muchos lugares el proceso de planificación entero sea defectuoso: la forma en que reflexionamos sobre las ciudades, cómo se usan y por quién.

Incluso los departamentos de planificación mejor intencionados del mundo no siempre sitúan a la comunidad en primer lugar. Parte de esto refleja la poca certeza sobre quién “posee” una ciudad. Los residentes pueden llamarla “suya”, pero los gobernantes suelen actuar de formas que sugieren lo contrario. Por ejemplo, un gobierno que busque atraer inversiones podría equiparar los intereses económicos con las necesidades de los residentes, y de esta manera reducir los estándares ambientales o los impuestos de las empresas. No obstante, tales decisiones podrían conducir a la desurbanización, es decir, el abandono de las ciudades a medida que se tornan menos habitables.

La brecha entre viabilidad económica y responsabilidad ambiental puede ser muy amplia. Considérese la producción de automóviles tradicionales a gasolina. Si bien hoy en día este tipo de industria podría impulsar el crecimiento de algunas ciudades, la creciente preocupación pública sobre sus emisiones de COestá provocando cambios en la demanda de los consumidores. Las empresas que puedan sacar partido de estos cambios estarán mejor posicionadas para crecer a largo plazo.

La mayoría de las ciudades carece de un proceso democrático de planificación, y en muchas grandes áreas metropolitanas la desigualdad forma parte integral del tejido social. El punto de partida debe ser institucionalizar la planificación participativa. Es fundamental la existencia de programas que salvaguardan la democracia local fomentando la transparencia y la rendición de cuentas. Los residentes dotados de los conocimientos y los medios para expresar sus opiniones sobre los problemas que afectan a sus comunidades son mejores vecinos y los debates sobre planificación que tengan en cuenta sus puntos de vista generan un mejor diseño. Dado que en todas partes y bajo cualquier sistema político se juzga a los líderes por la habitabilidad de los lugares que supervisan, toda ciudad debiera tener como objetivo un proceso de planificación inclusivo.

Teniendo como punto de partida la planificación participativa, los gobiernos y los residentes podrán avanzar hacia la construcción de ciudades más estratégicamente vinculadas a sus regiones y áreas circundantes. Este tipo de crecimiento no solo se refiere a las conexiones de transporte, sino también a la coordinación de políticas y medidas en todos los sectores, incluidos la vivienda, los servicios sociales y la banca. De esta forma, se pueden definir más claramente los roles y las responsabilidades regionales, con una asignación de los recursos limitados que sea estratégica, equitativa y en base a una agenda común.

Con demasiada frecuencia las ciudades administran los recursos en compartimentos estancos burocráticos, lo que puede aumentar la rivalidad precisamente entre aquellos que deben trabajar de forma conjunta si las áreas urbanas que regulan han de invertir de forma inteligente e implementar políticas con efectividad. La autonomía local solo puede lograrse mediante una fuerte cooperación y coordinación regional.

La dispersión urbana es un buen ejemplo de por qué un enfoque regional de la planificación resulta crucial. Para limitar la dispersión se requiere una estrategia territorial coordinada, de modo que las ciudades puedan abordar problemáticas comunes como el transporte de mercancías, la concentración de viviendas y servicios y la gestión y ubicación de corredores industriales. La cooperación intermunicipal también puede lograr economías de escala al desincentivar la competencia innecesaria.

Muchas áreas urbanas se están diseñando como “ciudades para los ricos” en lugar de núcleos de población para todos. Esto potencia de forma gradual la segregación social y amenaza la seguridad de los residentes. Los términos de moda que suenan en la planificación, como “ciudades inteligentes” y “desarrollo urbano sostenible”, significan poco si las teorías en que se fundamentan benefician solo a una minoría.

Como anticipara Jacobs, la “ciudad” seguirá siendo el motor mundial del crecimiento económico y la prosperidad por muchas décadas. Pero para que ese motor funcione con más eficiencia, el mecanismo que lo impulsa –el propio proceso de planificación urbana– necesitará una puesta a punto.

Publicado Originalmente en Project syndicate

martes, 26 de septiembre de 2017

¿Por qué empoderar a las niñas?

9/26/2017 10:00:00 a. m.

Por: Bjorn Lomborg.

Los efectos de prácticas como la mutilación genital femenina y el matrimonio infantil sobre la salud y el bienestar de las mujeres (y la de sus hijos), no son un misterio. Lo que no se entiende tan bien es cuáles son las medidas que más contribuyen a la reducción de tales prácticas.

En la lotería de la vida, nacer mujer en un país pobre te sitúa en una doble desventaja. Las mujeres de estos países tienen la mayor incidencia mundial de pobreza de entre todos los grupos demográficos, además de las peores condiciones de salud, el menor acceso a la educación y la mayor probabilidad de ser víctimas de violencia.
La desigualdad de género (a través de la exclusión laboral y los menores salarios) cuesta al mundo un alarmante 15,5% del PIB (aquí una investigación relacionada). Negar oportunidades a las mujeres para desarrollar su potencial impide que las sociedades aprovechen su contribución. Sin embargo, la frustrante realidad es que las soluciones eficaces para abordar la desigualdad de género pueden resultar difíciles de identificar.
Las 30 millones de niñas en riesgo de mutilación genital femenina (MGF) durante la próxima década se sitúan en el extremo de la escala de "desempoderamiento". Se trata de un procedimiento casi universal en Somalia, Guinea, Yibuti, Egipto, Eritrea, Malí, Sierra Leona y Sudán (aquí el informe de la UNICEF). La Organización Mundial de la Salud alerta que las afectadas sufren problemas de salud en el largo plazo y mayores tasas de muerte perinatal (entra aquí para ampliar el tema).
Pero el problema es más fácil de identificar que de resolver, pues las reformas legales han tenido poco impacto. Incluso en el Reino Unido, donde la MGF fue prohibida hace 30 años, ninguna persona ha sido enjuiciada exitosamente (amplía aquí). Las primeras cifras registradas se comunicaron en julio y revelaron que hubo 5.702 nuevos casos en Inglaterra entre abril de 2015 y marzo de 2016. Al menos 18 mujeres jóvenes y niñas fueron sometidas a la MGF en el Reino Unido, mientras la mayoría recibió el procedimiento en África (aquí la noticia).
En las últimas tres décadas ha habido una disminución general en la prevalencia de la MGF, pero no todos los países han efectuado progresos. De hecho, las actuales tendencias señalan que el número de niñas y mujeres sometidas a la MGF aumentará significativamente en los próximos 15 años (según datos de la UNICEF).
Esto no quiere decir que las entidades benéficas y los gobiernos que trabajan en esta área no estén haciendo un trabajo excelente. Pero necesitamos más estudios de alta calidad sobre cómo identificar y ampliar programas que ya sean eficaces.
El matrimonio infantil es otra costumbre inaceptable que arrebata oportunidades a las niñas. Entre 2011 y 2020, más de 140 millones de niñas de todo el mundo se convertirán en niñas casadas (definidas por las Naciones Unidas como las que contraen matrimonio antes de los 18 años. Datos aquí). UNICEF estima que las tasas de matrimonio infantil superan el 50% en nueve países: Níger, República Centroafricana, Chad, Bangladesh, Malí, Guinea, Sudán del Sur, Burkina Faso y Malawi.
Las consecuencias para las niñas casadas son de amplio alcance: menores niveles de educación y menores ingresos de por vida, mayores tasas de violencia doméstica, mayor riesgo de morir durante el embarazo o el parto y mayores tasas de mortalidad para sus hijos.
Al igual que en la MGF, las leyes por sí solas no son suficientes para abordar el problema. Un ejemplo es Bangladesh, donde el 52% de las niñas están casadas cuando alcanzan la mayoría de edad de 18 años. Varias leyes que prohíben el matrimonio y las dotes infantiles han tenido escaso efecto: el 18% de las niñas se casan antes de cumplir los 15 años (la tasa más alta del mundo), y los programas comunitarios para dar a las adolescentes capacitación y destrezas de vida han tenido un impacto limitado.



Un estudio realizado en Bangladesh por economistas de la Universidad de Duke y el Abdul Latif Jameel Poverty Action Lab del MIT plantea que la estrategia más eficaz podría ser proporcionar incentivos económicos para retrasar el matrimonio. Las niñas situadas en el 20% más pobre de la población mundial tienen más del doble de probabilidades de casarse jóvenes que las del 20% más rico (aquí el estudio íntegro).
En el sur de Bangladesh se llevó a cabo un esperanzador programa que proporcionaba aceite de cocina a los padres de las niñas solteras. Los participantes recibían cuatro litros de aceite cada cuatro meses, con la condición de que un monitor confirmara que las niñas permanecían sin casarse.
El modesto incentivo funcionó: las hijas de los destinatarios se casaron, en promedio, hasta un 30% menos antes de los 16 años, obteniéndose así una rentabilidad cuatro veces superior a los costes. El programa también mejoró el nivel educativo de las niñas, que tendieron a permanecer en la escuela hasta un 22% más.
Lo anterior tiene importancia porque una de las metas clave de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), que concluyeron en 2015, fue eliminar la disparidad de género en la educación primaria y secundaria. Se logró un buen avance en la primaria, pero el acceso a la educación secundaria y universitaria sigue siendo altamente desigual. Las diferencias en cuanto a matriculación en educación primaria han disminuido en todas las regiones, pero quedan rezagadas África subsahariana, Oriente Próximo y el norte de África.
Reducir la brecha de género en la escolarización también tendría beneficios para la siguiente generación. Más educación para las niñas significa mejor salud y nutrición para sus hijos.
La manera de lograr esto variará según el lugar. Por ejemplo, proporcionar uniformes escolares gratis ayuda solo en algunos sitios. La actuación para reducir el matrimonio infantil en Bangladesh tuvo beneficios adicionales de fomento a la educación secundaria. Nuevos estudios indican que, a nivel mundial, el dinero que se destina a reducir la disparidad de género en educación genera beneficios alrededor de cinco veces superiores a los costes (amplía aquí).
Muchas ideas bien intencionadas para reducir la desigualdad de género, e incluso indudablemente buenas, son más difíciles de analizar y cuantificar. Asegurar a las mujeres derechos igualitarios de heredar propiedades, firmar contratos, registrar empresas o abrir cuentas bancarias tendría un bajo costo y podría conllevar beneficios de gran alcance. Pese a las deficiencias de información, un panel de Premios Nobel convocado por el Consenso de Copenhague identificó tales medidas como una de las 19 mejores metas de desarrollo: cada dólar rendiría beneficios por más de quince veces su valor (aquí la nota íntegra).
Sabemos cómo enfrentar un problema y tenemos abundante información sobre costes y beneficios. Unos 225 millones de mujeres que quieren evitar el embarazo no están utilizando métodos seguros y eficaces de planificación familiar. Las razones van desde la falta de acceso a la información o los servicios hasta la falta de apoyo de sus parejas o comunidades (aquí datos del UNFPA).
Garantizar el acceso universal a los anticonceptivos costaría 3.600 millones de dólares al año, pero significaría reducir en 150.000 los casos de mortalidad materna y en 600.000 los de orfandad (trabajo relacionado aquí). Además, el beneficio demográfico de tener menos personas dependientes y más en la fuerza laboral aceleraría el crecimiento económico. Los beneficios totales resultan impresionantes: 120 veces el valor de los costes.

No hay soluciones rápidas para la desigualdad de género, pero una cosa está clara: no todos los esfuerzos resultan igualmente apropiados ni se basan en datos fiables. Por consideraciones morales y económicas, los responsables políticos deberían adoptar aquellas medidas que más contribuyan a empoderar a las niñas y mujeres.

Publicado originalmente en Project Syndicate

jueves, 21 de septiembre de 2017

El tabaco, una amenaza más allá de tus pulmones.

9/21/2017 11:00:00 a. m.


Por: Roy Small.



Si le preguntas a alguien ¿cuál es el enemigo número uno en materia de salud pública?, probablemente te diga que es el tabaco, y con buena razón. El tabaquismo, incluido el de los fumadores pasivos, es responsable por la muerte de más de 7 millones de personas al año, muchas de ellas en la flor de la vida.

Menos conocidos son los efectos nocivos que tiene el tabaco en el desarrollo sostenible, incluidos los sistemas oceánicos. Sí, leíste bien: el tabaco constituye una gran amenaza para nuestros océanos. Anualmente, 4,5 billones de colillas de cigarrillos se tiran a la basura en todo el mundo, por lo que es el objeto que más se arroja como desperdicio. Un porcentaje significativo de esas colillas terminan en nuestros océanos y playas. Es muy probable que el problema empeore, sobre todo si las tasas de tabaquismo siguen aumentando en muchos países de bajo y mediano ingreso.

Esta “última modalidad socialmente aceptable de arrojar basura” es mucho más que un simple acto desagradable. Las colillas de cigarrillo contienen miles de ingredientes químicos, entre ellos arsénico (elemento químino que forma compuestos venenosos, plomo, nicotina y etilfenol, que se filtran en entornos acuáticos. En un estudio de laboratorio, la lixiviación de una sola colilla sumergida en apenas un litro de agua acabó con la mitad de todos los peces marinos y de agua dulce que estuvieron expuestos.

Todavía nos falta comprender los efectos de la toxicidad de los filtros de cigarrillo en los entornos acuáticos. Considerado el objeto más letal en la historia de la civilización humana, no fue sino hasta la década de los años sesenta que se comprendieron los graves efectos que tiene el cigarrillo en la salud, principalmente a causa de las tácticas de negación de la industria tabacalera. La pregunta es cómo podríamos mantenernos optimistas con lo que vamos a descubrir esta vez.

La toxicidad de los filtros que se arrojan a la basura no es la única preocupación. El plástico desechado, procedente de empaques de cigarrillos y encendedores, también contamina las fuentes de agua del planeta, ocasionando que las tortugas marinas se asfixien o mueran de inanición.

La situación empeora porque el inicio del “ciclo de vida del tabaco” es tan destructivo como su fin. Los pesticidas y residuos agroquímicos utilizados en el cultivo de tabaco (entre ellos la cloropicrina, un agente perjudicial para los pulmones que se usó durante la Segunda Guerra Mundial como gas lacrimógeno), contaminan las vías navegables próximas, perjudicando no solo el bienestar de los organismos acuáticos, sino también el acceso de las personas a agua potable. De Brasil a Kenia, los países están sufriendo los efectos ambientales duraderos y, en gran medida irreversibles, del cultivo de tabaco.

¿Qué hacer al respecto? Entre las propuestas formuladas a la fecha, se ha sugerido el uso de filtros biodegradables (que aún podrían desprender toxinas) y cigarrillos sin filtro, contar con más lugares de recolección de colillas, multar a quienes las arrojen, e incluso colaborar con la industria tabacalera para ayudar a financiar la labor de descontaminación. Sin embargo, ninguna de esas opciones abordaría la constante embestida del tabaco contra la salud humana y otros aspectos del desarrollo sostenible, por ejemplo, los 1,4 mil millones de dólares que el tabaco le cuesta anualmente a la economía mundial en costos de atención médica y pérdida de capacidad productiva. Por otra parte, colaborar con la industria tabacalera en tareas de descontaminación es como pedirle a un ladrón que active la alarma de nuestra casa. Hay mejores opciones.

La Conferencia sobre los Océanos, que se celebró este año del 5 al 9 de junio, se realizó unos pocos días después del Día Mundial sin Tabaco 2017. Su tema fue “El tabaco, una amenaza para el desarrollo”, y este año se reconocieron los amplios efectos del tabaco en el desarrollo sostenible, así como la inclusión del Convenio Marco de la OMS para el Control del Tabaco (CMCT OMS) en los Objetivos de Desarrollo Sostenible, bajo la Meta 3.a. En el informe conjunto de la Secretaría del CMCT OMS-UNDP, que se publicó en el Día Mundial sin Tabaco, se argumenta que el control del tabaco debe dejar de considerarse exclusivamente un problema de salud, en particular cuando puede acelerar de manera excepcional toda una serie de objetivos de desarrollo, que van desde financiación para el desarrollo hasta la reducción de las desigualdades y medidas en el ámbito del cambio climático.


En el marco del proyecto CMCT 2030 financiado por el Reino Unido, el PNUD está colaborando con la Secretaría del Convenio con miras a reforzar la aplicación del CMCT OMS en países de bajo y mediano ingreso, prestando apoyo a sectores gubernamentales en el diseño e implementación de soluciones que beneficien a todos. Este año, la Conferencia sobre los Océanos aspira a convertirse en un agente de cambio para las personas, el planeta y la prosperidad, y a hallar soluciones que sirvan a todos. Es hora de que los efectos del tabaco en los ecosistemas oceánicos reciban la consideración que merecen.

Publicado originalmente en UNPD Blog

lunes, 18 de septiembre de 2017

¿Cuánto Sexo es Suficiente?

9/18/2017 05:30:00 p. m.


Por: Raj Persaud y Adrian Furnham.



John Updike escribió que “el sexo es como el dinero: solo demasiado es suficiente”. Resulta que eso no es estrictamente cierto, al menos no en el contexto de las relaciones monógamas. Entonces, ¿cuánto sexo es suficiente? En 2015, un grupo de psicólogos de la Universidad de Toronto se propusieron averiguarlo.

En su estudio “La frecuencia sexual predice un mayor bienestar, pero no siempre más es mejor" (consúltalo aquí), Amy Muise, Ulrich Schimmack y Emily Impett revelan que, de hecho, existe una frecuencia precisa de sexo que beneficia de manera óptima a la pareja promedio: una vez por semana.

El estudio determinó que la diferencia en el bienestar de las personas con relaciones con sexo una vez a la semana, en comparación con quienes tienen sexo menos de una vez al mes, es superior a la diferencia en el bienestar de aquellas que ganan $75.000 frente a $25.000. En otras palabras, tener el cuádruple de sexo elevó el ánimo de los participantes tanto como $50.000 adicionales al año.

Pero, tal como tener sexo con demasiada poca frecuencia puede dejar a las parejas menos satisfechas, tenerlo muy a menudo puede acabar causando más estrés que placer, en particular si las parejas en cuestión se sienten bajo presión para ello. Pero se trata de una presión (que se origina, al menos en parte, de expectativas y comparaciones sociales) muy real.

El sociólogo de la Universidad de Colorado Tim Wadsworth, en su estudio de 2014 “El sexo y la búsqueda de la felicidad: cómo la vida sexual de los demás se relaciona con nuestra sensación de bienestar" (consúltalo aquí), repite la afirmación de Updike de que el sexo es como el dinero. Pero, en la argumentación de Wadsworth, el elemento que tienen en común es que ambos derivan valor de una comparación.

Como señala Wadsworth, los estudios realizados en el pasado han demostrado que lo que determina la felicidad no son los niveles de ingreso absolutos, sino más bien su relación con los ingresos de quienes nos rodean: los colegas, vecinos, ex compañeros de clase y otros que forman parte de nuestro grupo de referencia. Por esta razón un aumento del ingreso no necesariamente conlleva un aumento de la felicidad: es crucial que tampoco aumenten los ingresos de nuestro grupo de referencia.

De manera similar, Wadsworth encontró que las personas que respondieron y creen que tienen más sexo que su grupo de referencia son más felices, mientras quienes creen que sus cohortes están teniendo más sexo que ellos lo están menos. Por consiguiente, Wadsworth concluye que la felicidad se correlaciona positivamente con la frecuencia sexual propia de una persona, pero negativamente con la frecuencia sexual de los demás.

Pero más allá de cierto punto (aparentemente una vez por semana) se desvanecen los beneficios derivados del sexo para la pareja. Esto sugiere que entre sexo y felicidad hay más elementos que solo tener lo mismo que los vecinos. Y, de hecho, al presionar a las parejas a tener tanto sexo como sea posible, la sensación de competencia puede hacer más mal que bien.

Un estudio reciente, titulado “Más que solo sexo: el afecto media en la asociación entre actividad sexual y bienestar" (consúltalo aquí), ofrece una nueva teoría sobre lo que vincula sexo y felicidad. Sus autoras (Anik Debrot, Nathalie Meuwly, Amy Muise, Emily Impett y Dominik Schoebi) plantean que el verdadero poder del sexo en una relación radica en su capacidad de fomentar una conexión más sólida entre los miembros de la pareja a través del afecto en común, no solo compartir placer.

Las autoras incluso sugieren que el sexo y el afecto se podrían compensar entre sí para dar sustento al bienestar: mayores niveles de afecto harían de contrapeso para la reducción de la actividad sexual durante algunas fases vitales, como justo después del parto, un periodo que a veces se asocia con un mayor riesgo de infidelidad masculina (consulta aquí un estudio relacionado). La idea es que un mayor nivel de expresiones alternativas de afecto puede ayudar a sostener el bienestar, con lo que se reduciría la tentación de buscar por fuera (si bien, puesto que por lo general los hombres señalan tener un mayor deseo sexual, pueden ver el sexo más como un modo de sentir afecto que como lo ve una mujer promedio).

Parece ser que la psicología puede refutar la sentencia de Updike de que solo demasiado sexo es suficiente. De hecho, si bien una vida sexual regular es vital para promover la intimidad y la felicidad mediante el afecto en común, más no siempre es mejor. Sí, el sexo puede ser como el dinero, pero solo en que su escasez es poco deseable.

Publicado originalmente en Project Syndicate

lunes, 11 de septiembre de 2017

Artículo: Por qué Mentimos

9/11/2017 12:01:00 p. m.


Por: Yudhijit Bhattacharjee.
Para la revista National Geographic.



Imagen creada por Freepik. Libre difusión.
Apenas había recibido alguna educación formal. Había pasado su adolescencia casi completamente solo, sin una casa, en Utah, Estados Unidos, donde había arreado ganado, criado ovejas y leído filosofía. Él mismo se entrenó como corredor de fondo en el desierto de Mojave.

Santana pronto se convirtió en una suerte de estrella en el campus. Académicamente también le iba bien: sacaba "A" en casi todas las materias. Su talante reservado y antecedentes inusuales le otorgaban un atractivo enigmático. Cuando un compañero de habitación le preguntó por qué su cama siempre parecía estar perfectamente bien hecha, le contestó que dormía en el suelo. Parecía muy lógico que alguien que había pasado buena parte de su vida durmiendo al aire libre no estuviera encariñado con las camas.

Su historia era mentira. Unos 18 meses después de matricularse, una mujer lo reconoció como Jay Huntsman, de Palo Alto High School, en California, a quien había conocido hacía seis años. Pero ese tampoco era su verdadero nombre. En realidad era James Hogue, de 31 años, quien había pasado tiempo en prisión por una sentencia en Utah por robo de herramientas y partes de bicicletas. Se lo llevaron esposado de Princeton. En los años siguientes, Hogue ha sido arrestado varias veces por acusaciones de robo. En noviembre, cuando fue arrestado por hurtar en Aspen, Colorado, trató de hacerse pasar por alguien más. 

La historia de la humanidad está llena de mentirosos hábiles y experimentados como Hogue. Muchos son criminales que urden engaños para conseguir recompensas injustas, como hizo por años el financiero Bernie Madoff, estafando millones de dólares a inversionistas hasta que se vino abajo su esquema Ponzi. Algunos son políticos que mienten para llegar al poder o aferrarse a él, como Richard Nixon cuando negó tener papel alguno en el escándalo Watergate.

A veces, la gente miente para mejorar su imagen, motivación que puede explicar muy bien la afirmación, fácilmente rebatible, del presidente Donald Trump de que la cantidad de asistentes a su toma de protesta fue mayor que la de la primera de Barack Obama. La gente miente para esconder un mal comportamiento, como el nadador estadounidense Ryan Lochte durante los Juegos Olímpicos de verano de 2016, quien afirmó que lo habían asaltado a punta de pistola en una gasolinera cuando, de hecho, él y sus compañeros de equipo, borrachos después de una fiesta, habían sido encarados por guardias de seguridad armados por dañar propiedad ajena. Incluso la ciencia académica (mundo ampliamente habitado por gente dedicada a la búsqueda de la verdad), ha demostrado tener una galería de impostores, como el físico Jan Hendrick Schön, cuyos supuestos hallazgos en la investigación de semiconductores moleculares fueron fraudulentos.

Estos embusteros obtuvieron notoriedad por lo indignante, descarado o dañino de sus falsedades. Pero su engaño no hace de ellos el tipo de aberración que nos podríamos imaginar. Las mentiras que los impostores, estafadores y políticos fanfarrones espetan apenas yacen en la cima de una pirámide de engaños que ha caracterizado el comportamiento humano por miles de años.

Resulta que la mayoría de nosotros somos muy versados en mentir. Mentimos con facilidad, de manera pequeña o grande, a extraños, colegas, amigos y seres amados. Nuestra capacidad para practicar la deshonestidad nos es tan fundamental como nuestra necesidad de confiar en los demás, lo que, irónicamente, nos hace pésimos para detectar mentiras. Ser engañosos está entramado en nuestro tejido mismo, tanto que sería veraz decir que mentir es humano.

Bella Depaulo, psicóloga social de la Universidad de California en Santa Bárbara, fue quien documentó por primera vez de manera sistemática la ubicuidad de la mentira. Hace dos décadas, Depaulo y sus colegas les pidieron a 147 adultos que tomaran nota durante una semana cada vez que trataban de engañar a alguien. Los investigadores encontraron que estos sujetos mentían una o dos veces al día en promedio. La mayoría eran mentiras inocuas y su intención era esconder la propia ineptitud o proteger los sentimientos de los demás. Algunas eran excusas (un sujeto justificó no haber sacado la basura aduciendo que desconocía dónde iba). Sin embargo, otras mentiras (como afirmar ser hijo de un diplomático), tenían como intención dar una imagen falsa. Mientras que estas fueron trasgresiones menores, un estudio posterior de Depaulo y otros colegas que involucraba un muestreo similar indicó que la mayoría de la gente ha dicho una o más “mentiras graves”, en algún momento, como ocultarle una aventura al cónyuge o hacer declaraciones falsas en solicitudes para la universidad.

No debería sorprendernos que los seres humanos posean de manera universal un talento para engañarse entre sí. Los investigadores especulan que la mentira como comportamiento surgió no mucho después que el lenguaje. La habilidad para manipular a los demás sin utilizar la fuerza física probablemente otorgó ventaja en la competencia por recursos y parejas, similar a la evolución de estrategias engañosas en el reino animal, como el camuflaje. “Comparado con otros modos de obtener poder, mentir es muy fácil (puntualiza Sissela Bok, profesora de ética en la Universidad de Harvard y una de las pensadoras más prominentes en la materia). Es mucho más fácil mentir para conseguir el dinero o la riqueza de alguien que pegarle en la cabeza o robar un banco”

El origen y desarrollo de la capacidad de mentir.

Imagen creada por Freepik. Libre difusión.
Debido a que mentir ha llegado a reconocerse como un rasgo humano profundamente arraigado, investigadores de ciencias sociales y neurocientíficos han buscado iluminar la naturaleza y los orígenes de este comportamiento. ¿Cómo y cuándo aprendemos a mentir? ¿Cuáles son las causas psicológicas y neurobiológicas de la deshonestidad? ¿Dónde pinta la raya la mayoría de nosotros? Los investigadores han descubierto que somos propensos a creer algunas mentiras incluso cuando son inequívocamente contradichas por evidencia fehaciente. Estas revelaciones sugieren que nuestra proclividad a engañar a otros y nuestra vulnerabilidad a ser engañados resultan en especial relevantes en la era de las redes sociales. Nuestra capacidad como sociedad de separar la verdad de la mentira se encuentra bajo una amenaza sin precedentes.

Igual que aprender a caminar y hablar, mentir es una especie de logro del desarrollo. Mientras los padres suelen considerar preocupantes las mentiras de los niños (ya que son una muestra del inicio de la pérdida de la inocencia), Kang Lee, psicólogo de la Universidad de Toronto, ve el principio de este comportamiento en los niños pequeños como signo tranquilizador de que su crecimiento cognitivo va por buen camino.

Para estudiar la mentira en los niños, Lee y sus colegas usan un experimento sencillo. Les piden que adivinen la identidad de juguetes con base en pistas auditivas. Para los primeros juguetes, la pista es obvia (un ladrido para un perro, un maullido para un gato), y los niños responden con facilidad. Luego, el sonido que se reproduce no tiene nada que ver con el objeto. “Entonces, pones a Beethoven, pero el juguete es un auto”, explica Lee. El investigador deja la habitación con el pretexto de atender una llamada telefónica (una mentira por el bien de la ciencia) y les pide a los niños que no se asomen a ver los juguetes. Al regresar, pide a cada uno la respuesta, seguida por una pregunta: “¿Te asomaste o no?”.

La mayoría de los niños no se resiste a asomarse, descubrieron gracias a cámaras escondidas. El porcentaje de niños que se asoman y luego mienten depende de su edad. Entre los trasgresores de dos años, solo 30% son honestos. Entre los de tres años, 50% miente. Y, para los ocho años, alrededor de 80 % afirma que no se asomó.

Los niños también se vuelven mejores para mentir conforme crecen. Al adivinar el juguete que secretamente espiaron, los de tres y cuatro años dan la respuesta correcta sin darse cuenta de que esto revela su trasgresión y mentira. A los siete u ocho años, los niños aprenden a enmascarar su mentira respondiendo mal a propósito o tratando de que su respuesta parezca una suposición menos razonada.


Los niños de entre cinco y seis años caen en medio. En otro estudio, Lee utilizó al dinosaurio Barney. Una niña de cinco años que negó haberse asomado a ver el juguete escondido bajo una tela le dijo a Lee que quería tocarlo antes de adivinar. “De manera que metió la mano bajo la tela, cerró los ojos y dijo: "Ah, ya sé, es Barney" (recuerda Lee). Le pregunto por qué y dijo: "Porque se siente morado".

Lo que motiva este incremento en la sofisticación de la mentira es el desarrollo de la capacidad del niño para ponerse en los zapatos de alguien más. Conocida como la teoría de la mente, es la facilidad que adquirimos para entender las creencias, intenciones y conocimientos de los demás. Para mentir también es fundamental la función ejecutiva del cerebro: las capacidades requeridas para planeación, atención y autocontrol. Los niños de dos años que mintieron en el experimento de Lee lograron mejores resultados en pruebas de la teoría de la mente y función ejecutiva que quienes no lo hicieron. Incluso a los 16 años, los niños que eran mentirosos competentes tuvieron mejores resultados que los mentirosos mediocres. Por otro lado, los niños en el espectro autista (conocidos por su retraso para desarrollar una teoría de la mente robusta) no son buenos mentirosos.

Unos mienten más que otros.

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El equipo de Patrick Couwenberg y sus colegas jueces en la Corte Superior de Los Ángeles creían que él era un héroe estadounidense. De acuerdo con lo que contaba, le habían otorgado un Corazón Púrpura en Vietnam. Había participado en operaciones encubiertas para la Agencia Central de Inteligencia. El juez también se jactaba de tener un historial académico impresionante: licenciatura en física y maestría en psicología. Nada de eso era cierto. Cuando fue confrontado, Couwenberg culpó a un padecimiento llamado pseudología fantástica, tendencia a contar historias que contienen hechos entrelazados con fantasía. El argumento no le sirvió para evitar su remoción de la magistratura en 2001.

No parece haber consenso entre psiquiatras respecto a la relación entre la salud mental y la mentira, si bien la gente con ciertos desórdenes psiquiátricos parece exhibir patrones específicos de mentiras (quienes han sido diagnosticados con trastorno antisocial de la personalidad suelen decir mentiras manipuladoras), hay algunos, como los narcisistas, que pueden decir falsedades para reforzar su imagen.

Pero ¿hay algo único en los cerebros de los individuos que mienten más que los otros? En 2005, la psicóloga Yaling Yang y sus colegas compararon escaneos cerebrales de tres grupos: 12 adultos con un historial de mentiras repetidas; 16 que cumplían con los criterios del trastorno antisocial de la personalidad, pero no eran mentirosos frecuentes, y 21 que no eran ni antisociales ni tenían el hábito de mentir. Los investigadores encontraron que los mentirosos tenían por lo menos 20 % más fibras nerviosas por volumen en la corteza prefrontal. Es posible que esto los predisponga a mentir, porque se les pueden ocurrir mentiras con mayor facilidad que a los demás, o podría ser el resultado de mentir repetidamente.

Los psicólogos Nobuhito Abe, de la Universidad de Kioto, y Joshua Greene, de la Universidad de Harvard, escanearon los cerebros de sujetos mediante imágenes de resonancia magnética funcional (IRMF) y encontraron que quienes actuaban de manera deshonesta mostraban mayor actividad en el núcleo accumbens, estructura en el lóbulo frontal basal con un papel clave en el proceso de recompensa. “Mientras más se estimula tu sistema de recompensa por la promesa de obtener dinero (incluso en un contexto perfectamente honesto), más propenso eres a hacer trampa”, explica Greene. En otras palabras, la codicia podría incrementar la predisposición a mentir.

Una mentira puede llevar a otra y a otra, como lo demuestra la forma de mentir sin remordimiento de estafadores seriales como Hogue. Un experimento de Tali Sharot, neurocientífica del University College de Londres, y sus colegas, mostró cómo el cerebro se acostumbra al estrés o a la incomodidad emocional que ocurre cuando mentimos, lo que facilita la mentira siguiente. En los escaneos por IRMF de los participantes, el equipo se centró en la amígdala, región involucrada en el procesamiento de emociones. La respuesta de la amígdala a las mentiras se debilitaba progresivamente con cada una, incluso conforme estas se hacían más grandes. “Quizá involucrarse en pequeños engaños puede llevar a engaños mayores”, comenta Sharot.

La confianza social y su dura relación con la mentira.


Imagen creada por Freepik. Libre difusión.
Mucho del conocimiento que utilizamos para transitar por el mundo proviene de lo que otros nos han dicho. Sin la confianza implícita que tenemos en la comunicación humana estaríamos paralizados como individuos y dejaríamos de tener relaciones sociales. “Obtenemos tanto de creer y hay relativamente poco daño cuando nos embaucan de manera ocasional”, dice Tim Levine, psicólogo de la Universidad de Alabama en Birmingham, quien llama a esta idea la teoría de la verdad por default.

Estar programados para confiar nos hace intrínsecamente crédulos. “Si le dices a alguien "soy piloto", no se sientan a pensar "quizá no es piloto, por qué diría que lo es". No piensan de esa manera”, dice Frank Abagnale, Jr., consultor de seguridad cuyas estafas cuando era joven, incluyendo la falsificación de cheques y hacerse pasar por piloto de una aerolínea, inspiraron la película de 2002 Atrápame si puedes. “Por eso funcionan las estafas, porque, cuando suena el teléfono y el identificador de llamadas dice Servicio de Recaudación Interna, la gente cree automáticamente que son ellos. No se dan cuenta de que alguien pudo haber manipulado el identificador de quien llama”.

Robert Feldman, psicólogo de la Universidad de Massachusetts, lo llama la ventaja del mentiroso. “La gente no espera mentiras, no las busca (asegura), y gran parte del tiempo quiere oír lo que está oyendo”. Oponemos poca resistencia a los engaños que nos gustan y reconfortan, ya sea el elogio falso o la imposibilidad de tener altos rendimientos de inversión. Cuando la gente con riqueza, poder y estatus nos ofrece falsedades, estas parecen más fáciles de tragar, como lo evidencian las notas crédulas de los medios respecto a la afirmación de robo de Lochte, que se resolvió poco después.

Los investigadores han mostrado que somos especialmente propensos a aceptar mentiras que confirman nuestra visión del mundo. Los memes que afirman que Obama no nació en Estados Unidos, niegan el cambio climático, acusan al gobierno estadounidense de planear los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y difunden otros “hechos alternativos”, como llamó la consejera de Trump a las afirmaciones respecto a los asistentes a la toma de posesión, han prosperado en internet y redes sociales debido a esta vulnerabilidad. Desacreditarlos no elimina su poder, porque la gente evalúa la evidencia presentada mediante un marco de creencias y prejuicios preexistentes, dice George Lakoff, lingüista cognitivo de la Universidad de California en Berkeley. “Si llega un hecho que no encaja en tu marco, no lo notarás o lo ignorarás, o lo ridiculizarás, o te intrigará; o lo atacarás si es amenazador”.

Un estudio reciente llevado a cabo por Briony Swire-thompson, candidata al doctorado en psicología cognitiva en la Universidad de Australia Occidental, documenta la inefectividad de la información basada en evidencia a la hora de refutar creencias incorrectas. En 2015, Swire-thompson les presentó a alrededor de 2000 adultos estadounidenses una de dos afirmaciones: “Las vacunas causan autismo” o “Donald Trump dijo que las vacunas causan autismo” (Trump ha sugerido repetidamente que hay una relación, pese a la falta de evidencia científica que lo respalde).

No sorprende que los participantes que apoyaban a Trump mostraran una mayor creencia en la información errónea cuando estaba vinculada al nombre de Trump. Posteriormente se les dio a los participantes una pequeña explicación (citando un estudio a gran escala), de por qué la relación entre las vacunas y el autismo era falsa, y se les pidió que reevaluaran su creencia al respecto. Los participantes (a lo largo de todo el espectro político), ahora aceptaban que las declaraciones que sostenían dicha relación eran falsas, pero se vio que su creencia en la desinformación había regresado casi al mismo nivel al examinarlos de nuevo una semana más tarde.

Otros estudios han mostrado que la evidencia que socava las mentiras podría de hecho reforzar la creencia en ellas. “La gente es propensa a pensar que la información familiar es verdadera. Así que, cada vez que te retractas, corres el riesgo de volverla más familiar, lo que hace que la retracción sea en realidad menos efectiva, irónicamente, a largo plazo”, afirma Swire-thompson.

¿Cuál podría ser entonces la mejor manera de impedir el avance raudo de las mentiras en nuestras vidas colectivas? La respuesta no es clara. La tecnología ha abierto una nueva frontera para el engaño, añadiendo una vuelta de tuerca del siglo XXI al conflicto milenario entre nuestro ser mentiroso y el confiado.


Publicado originalmente en: National Geographic Magazine. "Why We Lie: The science behind our complicated relationship with the truth". Vol. 231. Nº 6. Junio 2017. National Geographic Partners, LLC. Washington, DC.

Transcrito y Traducido por Humanolitics.





miércoles, 30 de agosto de 2017

Inversión en Desarrollo para las Futuras Generaciones

8/30/2017 09:57:00 a. m.

Por: Bjørn Lomborg
Director del Centro de Consenso de Copenhague



La desnutrición recibe mucho menos atención que la mayor parte de los demás retos del planeta. Sin embargo, es un área donde una inversión relativamente pequeña puede tener el efecto más potente.

Se estima que dos mil millones de personas no reciben las vitaminas y minerales esenciales que necesitan para crecer y desarrollarse, principalmente hierro, yodo, vitamina A y zinc. Peor aún, la desnutrición y subnutrición son parte de un cruel ciclo en que ambas son causas y efectos de la pobreza.
Se trata de un ciclo que afecta de manera desproporcionada a niños y bebés, sobre los cuales la desnutrición tiene consecuencias devastadoras, como discapacidades mentales, problemas de aprendizaje en la escuela, y mala salud en general. Incluso deficiencias nutricionales moderadas pueden afectar el desarrollo de un niño, y puesto que cuando crezca le resultará más difícil obtener un buen trabajo, la desnutrición afecta no solo sus vidas, sino también las de las generaciones siguientes.
Idealmente, los nutrientes deberían proceder de una dieta variada y equilibrada. Ya que esto no es siempre posible, particularmente en países pobres, los gobiernos y las organizaciones tienen la responsabilidad de ayudar.
Por más de una década, el centro de estudios que dirijo, el Consenso de Copenhague, ha estudiado y comparado las opciones de desarrollo a disposición de los gobiernos y organizaciones donantes que funcionan a niveles nacional, regional y global. Colaboramos con los más reputados economistas, entre los que se cuentan varios premios Nobel, para determinar las mejores maneras de enfrentar los mayores retos de la humanidad.
Durante este tiempo, hemos puesto de relieve una amplia gama de causas importantes. Por ejemplo, en 2004 nuestros estudios sirvieron de argumentación para intensificar la lucha contra el VIH/SIDA, cuando se convirtió en una prioridad del gobierno danés. Y el año pasado, el presidente colombiano Juan Manuel Santos declaró que gracias a nuestros estudios sobre biodiversidad se cuadruplicó el tamaño de una reserva marina en la costa de su país.
Todavía, las inversiones diseñadas para combatir la “hambruna secreta” o deficiencias de micronutrientes han estado constantemente en los primeros puestos de nuestras listas de prioridades. La evidencia muestra con claridad que la ruptura de los ciclos intergeneracionales de pobreza y subnutrición es una de las maneras más potentes de mejorar las vidas en cualquier lugar del planeta.
Tanto en 2008 como 2012, los proyectos del Consenso de Copenhague centrados en las prioridades globales para el desarrollo concluyeron que las autoridades y filántropos deberían considerar como una prioridad el combate de la desnutrición. En cada uno de estos proyectos, los expertos produjeron decenas de informes de investigación que examinaban de qué modo era mejor destinar recursos sobre una variedad de problemas, desde conflictos armados y destrucción de la biodiversidad a la propagación de enfermedades infecciosas y la higienización.
Incluso ante decenas de atractivas inversiones para escoger, en el examen de los datos los economistas premiados con el Nobel encontraron que las medidas para combatir la desnutrición se encontraban entre las opciones más potentes. El estudio de 2012 demostró que una inversión de apenas USD 100 por niño podría pagar una serie de intervenciones –incluidos micronutrientes, mejoras a la calidad dietética y programas de cambio de conducta- que reducirían en un 36% la desnutrición en los países en desarrollo. En otras palabras, cada dólar que se destinara a reducir la subnutrición crónica (incluso en países muy pobres), crearía un retorno a la sociedad por un valor de USD 30.
El estudio de 2012 tuvo un efecto tangible. El año siguiente, una coalición de organizaciones no gubernamentales prometió aportar más de USD 750 millones a programas de nutrición, basándose en parte en nuestros hallazgos. De modo similar, el ex Primer Ministro David Cameron citó el mismo estudio en un encuentro de 2013 sobre “Nutrición para el crecimiento”, cuando los gobiernos del G8 se comprometieron a gastar USD 4,15 mil millones más en la lucha contra la desnutrición.
Lo que es cierto al nivel global también lo es al interior de muchos países. Los dos proyectos más recientes del Consenso de Copenhague se centraron en Bangladesh y Haití. En Bangladesh, 30.000 niños mueren cada año debido a la desnutrición. Llamamos a invertir más en intervenciones que apuntaran a llegar a niños en sus 1000 primeros días de vida, y en un giro promisorio, nuestros estudios fueron un factor del Segundo Plan de Acción para la Nutrición de Bangladesh.
En Haití, el gobierno con el apoyo de la USAID, ha lanzado el primer proyecto de enriquecimiento de alimentos, lo que ayuda a muchas personas a la vez, porque añade nutrientes a alimentos de amplio consumo, como productos básicos (trigo, arroz, aceites) o condimentos (sal, salsa de soja, azúcar). Es apenas un arma en la lucha contra la desnutrición (otras herramientas son iniciativas de educación y selección de objetivos, como proporcionar suplementos a madres y recién nacidos), pero es una muy importante.
El enriquecimiento no es una idea nueva. La mayoría de los habitantes de los países ricos se benefician de ella, lo sepan o no. A principios del siglo XX, comenzó en Suiza la iodización de la sal, y desde entonces se ha aplicado en todo el mundo. La margarina fortalecida con vitamina A se introdujo en Dinamarca en 1918. Y en los años 30, se introdujeron en varios países desarrollados leche fortalecida con vitamina A y harina enriquecida con hierro y vitaminas B. En este punto, el enriquecimiento de los alimentos es casi universal en el mundo desarrollado, pero sigue ausente de los países de ingresos bajos y medios.
El proyecto en Haití se centrará en enriquecer la harina de trigo con hierro y ácido fólico, aceites vegetales y sal con yodo. Tras presentar nuestras conclusiones al Presidente haitiano Jovenel Moïse, adoptó medidas que requieren que todo el trigo esté fortificado con micronutrientes dentro de un año. Y durante el lanzamiento del nuevo programa, un funcionario de EE.UU. citó los estudios del Consenso de Copenhague para demostrar que la fortificación es una de “las inversiones más eficaces en el desarrollo de Haití”.
Un informe de investigación realizado por Stephen Vosti de la Universidad de California, Davis, indica que un 95% de la harina de trigo de Haití se podría fortificar por una década con una inversión de apenas USD 5,1 de micronutrientes premezclados, equipos y formación. Esta inversión relativamente pequeña rendiría extraordinarios beneficios, como prevenir 140 muertes por defectos del tubo neural y más de 250.000 casos de anemia por año. En términos monetarios, cada dólar que se gastara generaría beneficios para la sociedad haitiana por un valor de USD 24.
No existe una panacea para todos los retos actuales para el desarrollo. Pero las políticas de mejorar la nutrición se acercan mucho, ya que tienen el potencial de poner fin a un cruel ciclo de pobreza y desnutrición que puede durar generaciones.
Publicado originalmente en Project Syndicate

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