jueves, 14 de septiembre de 2017

Regulación de la Brecha Digital

9/14/2017 12:08:00 p. m.

Por: Shamel Azmeh
Profesor de Política y Desarrollo Internacional en la Universidad de Bath.



Imagen creada por Freepik. Libre distribución.
La creciente digitalización de la economía global está cambiando la forma de producción, distribución y venta de productos y servicios a través de las fronteras. Tecnologías como la computación en nube, la inteligencia artificial, los sistemas autónomos y los “dispositivos inteligentes” engendran nuevas industrias y revolucionan las que ya había.

Pero a pesar de los importantes beneficios que pueden traer estos cambios, la velocidad de la digitalización también crea enormes desafíos de gobernanza, en los planos intra e internacional. Los nuevos procesos posibilitados por la digitalización ponen a prueba las normativas globales actuales, incorporadas en acuerdos de comercio e inversión multilaterales, regionales y bilaterales.

Esto crea más margen para la intervención de los gobiernos nacionales en la economía digital. China, por ejemplo, estableció una industria digital propia apelando a políticas como el filtrado de Internet, la localización de datos (exigir a las empresas de Internet que almacenen los datos en servidores locales) y la transferencia tecnológica obligatoria como modo de impulsar el desarrollo digital. Esto sirvió de base a la aparición de importantes empresas digitales chinas como Tencent y Baidu, pero a menudo tuvo efectos adversos sobre la libertad de expresión y acceso a la información.

Un factor es que la normativa mundial actual está perdiendo efectividad. Por ejemplo, el intercambio internacional de servicios se rige por el Acuerdo General sobre el Comercio de Servicios (AGCS) de la Organización Mundial del Comercio, según diferentes “modos de suministro”. Muchos países en desarrollo acordaron liberalizar la provisión transfronteriza de servicios (el modo uno” de comercio) sin prever hasta qué punto la economía digital incrementaría las oportunidades para ese tipo de comercio. Ahora aquellos compromisos tempranos adquieren mayor significación económica, y eso aumenta la presión sobre muchos países en desarrollo.

En años recientes se intensificó el debate sobre cómo debería regirse la economía digital. Las empresas digitales multinacionales, en su mayoría con sede en Estados Unidos, promueven una armonización normativa internacional que ofrezca previsibilidad y limite el margen de intervención de los gobiernos nacionales en los flujos digitales.

El gobierno de Obama se sumó a esa campaña haciendo del ámbito digital un elemento central de la política comercial de Estados Unidos (consulte la agenda aquí). En los “tratados comerciales del siglo XXI”, como el Acuerdo Transpacífico y la Asociación Transatlántica de Comercio e Inversión, se incluyeron cláusulas sobre el libre flujo de datos y contra la localización de datos y la transferencia tecnológica obligatorias. El objetivo era crear una supervisión digital de dos grandes mercados (Asia y el Pacífico, con el ATP, y la Unión Europea, con la ATCI) como primer paso importante hacia la adopción de normas globales en esas áreas.

La negociación de normas digitales bajo el ATP resultó difícil, pero al final tuvo éxito; el gobierno de Obama superó la oposición ofreciendo a algunos socios del ATP un mejor acceso al mercado estadounidense para ciertas manufacturas.

Pero en el caso de la ATCI fue todavía más difícil; algunos estados europeos, en particular Francia y Alemania, se opusieron a la imposición de reglas digitales por temor a que permitieran a las empresas estadounidenses dominar la economía digital europea. Como se ha señalado, para muchos países europeos, la “puesta a la par en materia digital” es un objetivo estratégico clave (revise un trabajo relacionado aquí).

La elección del presidente Donald Trump en Estados Unidos, quien hizo campaña con una plataforma comercial proteccionista y de apoyo a las industrias fabriles “tradicionales”, siembra dudas sobre el futuro de la normativa digital. La decisión de Trump de retirarse del ATP generó reacciones muy negativas en la industria digital estadounidense. Resta por verse lo que ocurrirá con las normas de comercio digital bajo la ATCI, algo que Trump insinuó que podría reactivar.

Sin importar las medidas de Trump en materia de comercio internacional, el trabajo de actualización de las normas mundiales para la economía digital prosigue, dentro de la OMC y también como parte de las conversaciones entre Estados Unidos, Canadá y México para renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Estos debates se tornarán más acuciantes en los años venideros.

Hasta ahora, la ambigüedad regulatoria no afectó seriamente a los países en desarrollo, y los costos económicos para el Sur global han sido mínimos. Pero eso puede cambiar si las tres mayores economías del mundo (Estados Unidos, la UE y China) llegaran a armonizar sus estrategias de regulación del comercio internacional digital y de los flujos globales de datos. En tal supuesto, se intensificará la presión sobre los países en desarrollo para que acepten la adopción de reglas digitales.

Quienes proponen nuevas reglas tal vez aconsejen a los países en desarrollo que las acepten sin discusión, con el argumento de que quedar fuera de un sistema regulatorio global perjudicará el desarrollo digital local y les dificultará la participación en nuevos campos tecnológicos. Pero las nuevas reglas también pueden revivir las desigualdades introducidas por la “Ronda de Uruguay” de negociaciones comerciales, origen de la OMC y guía de los acuerdos de libre comercio entre el Norte y el Sur. (¿Qué fue la ronda de Uruguay?)

En los acuerdos multilaterales y bilaterales, los países en desarrollo aceptan restricciones a su “espacio de políticas” a cambio de mejor acceso a los mercados de las economías avanzadas. Muchos estudiosos consideran ahora que este “trueque” debilita la capacidad de los países en desarrollo para implementar políticas que alienten la diversificación económica y el cambio estructural, y les hace más difícil ponerse a la par de las economías desarrolladas en cuestiones económicas y tecnológicas.

Es necesario elaborar un nuevo marco para el comercio digital y electrónico, teniendo presentes estas cuestiones. Al crear las reglas que regirán la interacción entre países, los reguladores deben procurar que las políticas de comercio digital no agraven las desigualdades que el régimen de comercio tradicional dejó a la vista.


Publicado originalmente en: Project Syndicate

lunes, 11 de septiembre de 2017

Artículo: Por qué Mentimos

9/11/2017 12:01:00 p. m.


Por: Yudhijit Bhattacharjee.
Para la revista National Geographic.



Imagen creada por Freepik. Libre difusión.
Apenas había recibido alguna educación formal. Había pasado su adolescencia casi completamente solo, sin una casa, en Utah, Estados Unidos, donde había arreado ganado, criado ovejas y leído filosofía. Él mismo se entrenó como corredor de fondo en el desierto de Mojave.

Santana pronto se convirtió en una suerte de estrella en el campus. Académicamente también le iba bien: sacaba "A" en casi todas las materias. Su talante reservado y antecedentes inusuales le otorgaban un atractivo enigmático. Cuando un compañero de habitación le preguntó por qué su cama siempre parecía estar perfectamente bien hecha, le contestó que dormía en el suelo. Parecía muy lógico que alguien que había pasado buena parte de su vida durmiendo al aire libre no estuviera encariñado con las camas.

Su historia era mentira. Unos 18 meses después de matricularse, una mujer lo reconoció como Jay Huntsman, de Palo Alto High School, en California, a quien había conocido hacía seis años. Pero ese tampoco era su verdadero nombre. En realidad era James Hogue, de 31 años, quien había pasado tiempo en prisión por una sentencia en Utah por robo de herramientas y partes de bicicletas. Se lo llevaron esposado de Princeton. En los años siguientes, Hogue ha sido arrestado varias veces por acusaciones de robo. En noviembre, cuando fue arrestado por hurtar en Aspen, Colorado, trató de hacerse pasar por alguien más. 

La historia de la humanidad está llena de mentirosos hábiles y experimentados como Hogue. Muchos son criminales que urden engaños para conseguir recompensas injustas, como hizo por años el financiero Bernie Madoff, estafando millones de dólares a inversionistas hasta que se vino abajo su esquema Ponzi. Algunos son políticos que mienten para llegar al poder o aferrarse a él, como Richard Nixon cuando negó tener papel alguno en el escándalo Watergate.

A veces, la gente miente para mejorar su imagen, motivación que puede explicar muy bien la afirmación, fácilmente rebatible, del presidente Donald Trump de que la cantidad de asistentes a su toma de protesta fue mayor que la de la primera de Barack Obama. La gente miente para esconder un mal comportamiento, como el nadador estadounidense Ryan Lochte durante los Juegos Olímpicos de verano de 2016, quien afirmó que lo habían asaltado a punta de pistola en una gasolinera cuando, de hecho, él y sus compañeros de equipo, borrachos después de una fiesta, habían sido encarados por guardias de seguridad armados por dañar propiedad ajena. Incluso la ciencia académica (mundo ampliamente habitado por gente dedicada a la búsqueda de la verdad), ha demostrado tener una galería de impostores, como el físico Jan Hendrick Schön, cuyos supuestos hallazgos en la investigación de semiconductores moleculares fueron fraudulentos.

Estos embusteros obtuvieron notoriedad por lo indignante, descarado o dañino de sus falsedades. Pero su engaño no hace de ellos el tipo de aberración que nos podríamos imaginar. Las mentiras que los impostores, estafadores y políticos fanfarrones espetan apenas yacen en la cima de una pirámide de engaños que ha caracterizado el comportamiento humano por miles de años.

Resulta que la mayoría de nosotros somos muy versados en mentir. Mentimos con facilidad, de manera pequeña o grande, a extraños, colegas, amigos y seres amados. Nuestra capacidad para practicar la deshonestidad nos es tan fundamental como nuestra necesidad de confiar en los demás, lo que, irónicamente, nos hace pésimos para detectar mentiras. Ser engañosos está entramado en nuestro tejido mismo, tanto que sería veraz decir que mentir es humano.

Bella Depaulo, psicóloga social de la Universidad de California en Santa Bárbara, fue quien documentó por primera vez de manera sistemática la ubicuidad de la mentira. Hace dos décadas, Depaulo y sus colegas les pidieron a 147 adultos que tomaran nota durante una semana cada vez que trataban de engañar a alguien. Los investigadores encontraron que estos sujetos mentían una o dos veces al día en promedio. La mayoría eran mentiras inocuas y su intención era esconder la propia ineptitud o proteger los sentimientos de los demás. Algunas eran excusas (un sujeto justificó no haber sacado la basura aduciendo que desconocía dónde iba). Sin embargo, otras mentiras (como afirmar ser hijo de un diplomático), tenían como intención dar una imagen falsa. Mientras que estas fueron trasgresiones menores, un estudio posterior de Depaulo y otros colegas que involucraba un muestreo similar indicó que la mayoría de la gente ha dicho una o más “mentiras graves”, en algún momento, como ocultarle una aventura al cónyuge o hacer declaraciones falsas en solicitudes para la universidad.

No debería sorprendernos que los seres humanos posean de manera universal un talento para engañarse entre sí. Los investigadores especulan que la mentira como comportamiento surgió no mucho después que el lenguaje. La habilidad para manipular a los demás sin utilizar la fuerza física probablemente otorgó ventaja en la competencia por recursos y parejas, similar a la evolución de estrategias engañosas en el reino animal, como el camuflaje. “Comparado con otros modos de obtener poder, mentir es muy fácil (puntualiza Sissela Bok, profesora de ética en la Universidad de Harvard y una de las pensadoras más prominentes en la materia). Es mucho más fácil mentir para conseguir el dinero o la riqueza de alguien que pegarle en la cabeza o robar un banco”

El origen y desarrollo de la capacidad de mentir.

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Debido a que mentir ha llegado a reconocerse como un rasgo humano profundamente arraigado, investigadores de ciencias sociales y neurocientíficos han buscado iluminar la naturaleza y los orígenes de este comportamiento. ¿Cómo y cuándo aprendemos a mentir? ¿Cuáles son las causas psicológicas y neurobiológicas de la deshonestidad? ¿Dónde pinta la raya la mayoría de nosotros? Los investigadores han descubierto que somos propensos a creer algunas mentiras incluso cuando son inequívocamente contradichas por evidencia fehaciente. Estas revelaciones sugieren que nuestra proclividad a engañar a otros y nuestra vulnerabilidad a ser engañados resultan en especial relevantes en la era de las redes sociales. Nuestra capacidad como sociedad de separar la verdad de la mentira se encuentra bajo una amenaza sin precedentes.

Igual que aprender a caminar y hablar, mentir es una especie de logro del desarrollo. Mientras los padres suelen considerar preocupantes las mentiras de los niños (ya que son una muestra del inicio de la pérdida de la inocencia), Kang Lee, psicólogo de la Universidad de Toronto, ve el principio de este comportamiento en los niños pequeños como signo tranquilizador de que su crecimiento cognitivo va por buen camino.

Para estudiar la mentira en los niños, Lee y sus colegas usan un experimento sencillo. Les piden que adivinen la identidad de juguetes con base en pistas auditivas. Para los primeros juguetes, la pista es obvia (un ladrido para un perro, un maullido para un gato), y los niños responden con facilidad. Luego, el sonido que se reproduce no tiene nada que ver con el objeto. “Entonces, pones a Beethoven, pero el juguete es un auto”, explica Lee. El investigador deja la habitación con el pretexto de atender una llamada telefónica (una mentira por el bien de la ciencia) y les pide a los niños que no se asomen a ver los juguetes. Al regresar, pide a cada uno la respuesta, seguida por una pregunta: “¿Te asomaste o no?”.

La mayoría de los niños no se resiste a asomarse, descubrieron gracias a cámaras escondidas. El porcentaje de niños que se asoman y luego mienten depende de su edad. Entre los trasgresores de dos años, solo 30% son honestos. Entre los de tres años, 50% miente. Y, para los ocho años, alrededor de 80 % afirma que no se asomó.

Los niños también se vuelven mejores para mentir conforme crecen. Al adivinar el juguete que secretamente espiaron, los de tres y cuatro años dan la respuesta correcta sin darse cuenta de que esto revela su trasgresión y mentira. A los siete u ocho años, los niños aprenden a enmascarar su mentira respondiendo mal a propósito o tratando de que su respuesta parezca una suposición menos razonada.


Los niños de entre cinco y seis años caen en medio. En otro estudio, Lee utilizó al dinosaurio Barney. Una niña de cinco años que negó haberse asomado a ver el juguete escondido bajo una tela le dijo a Lee que quería tocarlo antes de adivinar. “De manera que metió la mano bajo la tela, cerró los ojos y dijo: "Ah, ya sé, es Barney" (recuerda Lee). Le pregunto por qué y dijo: "Porque se siente morado".

Lo que motiva este incremento en la sofisticación de la mentira es el desarrollo de la capacidad del niño para ponerse en los zapatos de alguien más. Conocida como la teoría de la mente, es la facilidad que adquirimos para entender las creencias, intenciones y conocimientos de los demás. Para mentir también es fundamental la función ejecutiva del cerebro: las capacidades requeridas para planeación, atención y autocontrol. Los niños de dos años que mintieron en el experimento de Lee lograron mejores resultados en pruebas de la teoría de la mente y función ejecutiva que quienes no lo hicieron. Incluso a los 16 años, los niños que eran mentirosos competentes tuvieron mejores resultados que los mentirosos mediocres. Por otro lado, los niños en el espectro autista (conocidos por su retraso para desarrollar una teoría de la mente robusta) no son buenos mentirosos.

Unos mienten más que otros.

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El equipo de Patrick Couwenberg y sus colegas jueces en la Corte Superior de Los Ángeles creían que él era un héroe estadounidense. De acuerdo con lo que contaba, le habían otorgado un Corazón Púrpura en Vietnam. Había participado en operaciones encubiertas para la Agencia Central de Inteligencia. El juez también se jactaba de tener un historial académico impresionante: licenciatura en física y maestría en psicología. Nada de eso era cierto. Cuando fue confrontado, Couwenberg culpó a un padecimiento llamado pseudología fantástica, tendencia a contar historias que contienen hechos entrelazados con fantasía. El argumento no le sirvió para evitar su remoción de la magistratura en 2001.

No parece haber consenso entre psiquiatras respecto a la relación entre la salud mental y la mentira, si bien la gente con ciertos desórdenes psiquiátricos parece exhibir patrones específicos de mentiras (quienes han sido diagnosticados con trastorno antisocial de la personalidad suelen decir mentiras manipuladoras), hay algunos, como los narcisistas, que pueden decir falsedades para reforzar su imagen.

Pero ¿hay algo único en los cerebros de los individuos que mienten más que los otros? En 2005, la psicóloga Yaling Yang y sus colegas compararon escaneos cerebrales de tres grupos: 12 adultos con un historial de mentiras repetidas; 16 que cumplían con los criterios del trastorno antisocial de la personalidad, pero no eran mentirosos frecuentes, y 21 que no eran ni antisociales ni tenían el hábito de mentir. Los investigadores encontraron que los mentirosos tenían por lo menos 20 % más fibras nerviosas por volumen en la corteza prefrontal. Es posible que esto los predisponga a mentir, porque se les pueden ocurrir mentiras con mayor facilidad que a los demás, o podría ser el resultado de mentir repetidamente.

Los psicólogos Nobuhito Abe, de la Universidad de Kioto, y Joshua Greene, de la Universidad de Harvard, escanearon los cerebros de sujetos mediante imágenes de resonancia magnética funcional (IRMF) y encontraron que quienes actuaban de manera deshonesta mostraban mayor actividad en el núcleo accumbens, estructura en el lóbulo frontal basal con un papel clave en el proceso de recompensa. “Mientras más se estimula tu sistema de recompensa por la promesa de obtener dinero (incluso en un contexto perfectamente honesto), más propenso eres a hacer trampa”, explica Greene. En otras palabras, la codicia podría incrementar la predisposición a mentir.

Una mentira puede llevar a otra y a otra, como lo demuestra la forma de mentir sin remordimiento de estafadores seriales como Hogue. Un experimento de Tali Sharot, neurocientífica del University College de Londres, y sus colegas, mostró cómo el cerebro se acostumbra al estrés o a la incomodidad emocional que ocurre cuando mentimos, lo que facilita la mentira siguiente. En los escaneos por IRMF de los participantes, el equipo se centró en la amígdala, región involucrada en el procesamiento de emociones. La respuesta de la amígdala a las mentiras se debilitaba progresivamente con cada una, incluso conforme estas se hacían más grandes. “Quizá involucrarse en pequeños engaños puede llevar a engaños mayores”, comenta Sharot.

La confianza social y su dura relación con la mentira.


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Mucho del conocimiento que utilizamos para transitar por el mundo proviene de lo que otros nos han dicho. Sin la confianza implícita que tenemos en la comunicación humana estaríamos paralizados como individuos y dejaríamos de tener relaciones sociales. “Obtenemos tanto de creer y hay relativamente poco daño cuando nos embaucan de manera ocasional”, dice Tim Levine, psicólogo de la Universidad de Alabama en Birmingham, quien llama a esta idea la teoría de la verdad por default.

Estar programados para confiar nos hace intrínsecamente crédulos. “Si le dices a alguien "soy piloto", no se sientan a pensar "quizá no es piloto, por qué diría que lo es". No piensan de esa manera”, dice Frank Abagnale, Jr., consultor de seguridad cuyas estafas cuando era joven, incluyendo la falsificación de cheques y hacerse pasar por piloto de una aerolínea, inspiraron la película de 2002 Atrápame si puedes. “Por eso funcionan las estafas, porque, cuando suena el teléfono y el identificador de llamadas dice Servicio de Recaudación Interna, la gente cree automáticamente que son ellos. No se dan cuenta de que alguien pudo haber manipulado el identificador de quien llama”.

Robert Feldman, psicólogo de la Universidad de Massachusetts, lo llama la ventaja del mentiroso. “La gente no espera mentiras, no las busca (asegura), y gran parte del tiempo quiere oír lo que está oyendo”. Oponemos poca resistencia a los engaños que nos gustan y reconfortan, ya sea el elogio falso o la imposibilidad de tener altos rendimientos de inversión. Cuando la gente con riqueza, poder y estatus nos ofrece falsedades, estas parecen más fáciles de tragar, como lo evidencian las notas crédulas de los medios respecto a la afirmación de robo de Lochte, que se resolvió poco después.

Los investigadores han mostrado que somos especialmente propensos a aceptar mentiras que confirman nuestra visión del mundo. Los memes que afirman que Obama no nació en Estados Unidos, niegan el cambio climático, acusan al gobierno estadounidense de planear los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y difunden otros “hechos alternativos”, como llamó la consejera de Trump a las afirmaciones respecto a los asistentes a la toma de posesión, han prosperado en internet y redes sociales debido a esta vulnerabilidad. Desacreditarlos no elimina su poder, porque la gente evalúa la evidencia presentada mediante un marco de creencias y prejuicios preexistentes, dice George Lakoff, lingüista cognitivo de la Universidad de California en Berkeley. “Si llega un hecho que no encaja en tu marco, no lo notarás o lo ignorarás, o lo ridiculizarás, o te intrigará; o lo atacarás si es amenazador”.

Un estudio reciente llevado a cabo por Briony Swire-thompson, candidata al doctorado en psicología cognitiva en la Universidad de Australia Occidental, documenta la inefectividad de la información basada en evidencia a la hora de refutar creencias incorrectas. En 2015, Swire-thompson les presentó a alrededor de 2000 adultos estadounidenses una de dos afirmaciones: “Las vacunas causan autismo” o “Donald Trump dijo que las vacunas causan autismo” (Trump ha sugerido repetidamente que hay una relación, pese a la falta de evidencia científica que lo respalde).

No sorprende que los participantes que apoyaban a Trump mostraran una mayor creencia en la información errónea cuando estaba vinculada al nombre de Trump. Posteriormente se les dio a los participantes una pequeña explicación (citando un estudio a gran escala), de por qué la relación entre las vacunas y el autismo era falsa, y se les pidió que reevaluaran su creencia al respecto. Los participantes (a lo largo de todo el espectro político), ahora aceptaban que las declaraciones que sostenían dicha relación eran falsas, pero se vio que su creencia en la desinformación había regresado casi al mismo nivel al examinarlos de nuevo una semana más tarde.

Otros estudios han mostrado que la evidencia que socava las mentiras podría de hecho reforzar la creencia en ellas. “La gente es propensa a pensar que la información familiar es verdadera. Así que, cada vez que te retractas, corres el riesgo de volverla más familiar, lo que hace que la retracción sea en realidad menos efectiva, irónicamente, a largo plazo”, afirma Swire-thompson.

¿Cuál podría ser entonces la mejor manera de impedir el avance raudo de las mentiras en nuestras vidas colectivas? La respuesta no es clara. La tecnología ha abierto una nueva frontera para el engaño, añadiendo una vuelta de tuerca del siglo XXI al conflicto milenario entre nuestro ser mentiroso y el confiado.


Publicado originalmente en: National Geographic Magazine. "Why We Lie: The science behind our complicated relationship with the truth". Vol. 231. Nº 6. Junio 2017. National Geographic Partners, LLC. Washington, DC.

Transcrito y Traducido por Humanolitics.





martes, 5 de septiembre de 2017

Valorar el trabajo de las mujeres

9/05/2017 11:37:00 a. m.

Por: Bharati Sadasivam.
Asesora Regional de Género en la oficina del PNUD para Europa y Asia Central.



En los próximos meses, los 12.000 empleados de la sede de Apple en Cupertino, California, terminarán de trasladarse a un extravagante nuevo campus. Llamado la "nave espacial", abarca 260.128 metros cuadrados, cuenta con un estudio de yoga de dos pisos, senderos para correr e incluso revolucionarias cajas de pizza que mantienen crujientes los pedazos. Pero, a pesar de la gran inversión, el campus no tiene guardería infantil.
Al ignorar la importancia que tiene el cuidado de los niños para los padres que trabajan, Apple está lejos de ser una empresa singular, y tal omisión pone a los padres en una posición muy desventajosa en su ruta para alcanzar su potencial económico, sobre todo en el caso de las madres.
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En todo el mundo, las mujeres realizan el doble del trabajo doméstico y de cuidado no remunerados (incluidos la crianza de los hijos, el cuidado de familiares ancianos o enfermos y el manejo del hogar) que los hombres (en Humanolitics hemos hablado de ello). En México, India y Turquía, las mujeres realizan tres veces más trabajo de cuidado que los hombres.
Sin embargo, a pesar de que las mujeres de todo el mundo realmente trabajan más que los hombres en total (incluidos el trabajo remunerado y no remunerado), en promedio perciben salarios de un 25% menos. A nivel mundial, solo la mitad de las mujeres en edad de trabajar conforma la fuerza laboral remunerada, en comparación con más de tres cuartas partes de los hombres.
Esta situación está cambiando poco a poco. El trabajo doméstico y de cuidado no remunerados cada vez se consideran menos como "trabajo de mujeres", ya que los hombres de hoy están asumiendo más responsabilidades en el hogar que sus padres y abuelos. En algunos países, en especial en Europa, se están revisando las políticas tradicionales de licencias laborales, a fin de que los padres puedan elegir cómo distribuir el tiempo libre que les toca después del nacimiento de un hijo.
En términos generales, cada vez más se va reconociendo el valor del trabajo doméstico y de cuidado no remunerados, no solo en favor de los niños y otros miembros de la familia, sino también en favor de la salud a largo plazo de las sociedades y economías. Los esfuerzos para medir la contribución del trabajo de cuidado a las economías nacionales han producido estimaciones que oscilan entre el 20% y el 60%  del PIB.
En 2015, los Estados Miembros de las Naciones Unidas adoptaron los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que piden el reconocimiento, la reducción y la redistribución del trabajo de cuidado no remunerado, una medida que economistas feministas y defensores de la igualdad de género han venido proponiendo desde hace mucho tiempo. La pregunta que debemos responder es qué puede hacerse para alcanzar dicho objetivo.
La responsabilidad recaerá ante todo sobre los gobiernos. A fin de cuentas, si bien las empresas o las asociaciones de vecinos pueden ofrecer opciones de guarderías a los padres que trabajan, los costos y la calidad varían ampliamente. Se necesita la acción del gobierno para asegurar que los servicios asistenciales cubran a todas las personas que los necesiten, desde los niños en edad preescolar hasta los enfermos, las personas con discapacidad y los ancianos, y que dichos servicios sean universalmente accesibles y asequibles.
Lo que es más importante, los gobiernos deben establecer los requisitos de los programas de licencia parental y familiar. En conjunto con las empresas privadas, también pueden ofrecer incentivos monetarios para que hombres y mujeres compartan el trabajo doméstico y el de cuidado más equitativamente. En un momento en que muchos gobiernos, sobre todo en el mundo en desarrollo, enfrentan graves limitaciones fiscales, tales intervenciones podrían parecer una exageración, pero el gasto en el sector asistencial debe considerarse una inversión y no un costo. 
Un estudio reciente realizado en Turquía demuestra que un dólar estadounidense de dinero público invertido en el sector asistencial podría crear 2,5 veces los puestos de trabajo que crearía un dólar invertido en la industria de la construcción. Más de la mitad de esos trabajos serían para las mujeres.
Las instituciones internacionales pueden desempeñar un papel importante. En la ex República Yugoslava de Macedonia, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), emprendió una iniciativa que ayudó a las mujeres que habían trabajado principalmente en casa durante toda su vida a encontrar empleo en el sector asistencial.
A medida que la población crezca y envejezca, el sector asistencial simplemente aumentará en importancia. Los países que se adapten en el presente a estas nuevas circunstancias disfrutarán de una ventaja considerable, ya que el proceso de adaptación refuerza los derechos y las libertades de las mujeres, genera empleo y hace más equitativas las sociedades. En vista de todo esto, ¿qué estamos esperando?

Publicado originalmente en: PNUD

miércoles, 30 de agosto de 2017

Inversión en Desarrollo para las Futuras Generaciones

8/30/2017 09:57:00 a. m.

Por: Bjørn Lomborg
Director del Centro de Consenso de Copenhague



La desnutrición recibe mucho menos atención que la mayor parte de los demás retos del planeta. Sin embargo, es un área donde una inversión relativamente pequeña puede tener el efecto más potente.

Se estima que dos mil millones de personas no reciben las vitaminas y minerales esenciales que necesitan para crecer y desarrollarse, principalmente hierro, yodo, vitamina A y zinc. Peor aún, la desnutrición y subnutrición son parte de un cruel ciclo en que ambas son causas y efectos de la pobreza.
Se trata de un ciclo que afecta de manera desproporcionada a niños y bebés, sobre los cuales la desnutrición tiene consecuencias devastadoras, como discapacidades mentales, problemas de aprendizaje en la escuela, y mala salud en general. Incluso deficiencias nutricionales moderadas pueden afectar el desarrollo de un niño, y puesto que cuando crezca le resultará más difícil obtener un buen trabajo, la desnutrición afecta no solo sus vidas, sino también las de las generaciones siguientes.
Idealmente, los nutrientes deberían proceder de una dieta variada y equilibrada. Ya que esto no es siempre posible, particularmente en países pobres, los gobiernos y las organizaciones tienen la responsabilidad de ayudar.
Por más de una década, el centro de estudios que dirijo, el Consenso de Copenhague, ha estudiado y comparado las opciones de desarrollo a disposición de los gobiernos y organizaciones donantes que funcionan a niveles nacional, regional y global. Colaboramos con los más reputados economistas, entre los que se cuentan varios premios Nobel, para determinar las mejores maneras de enfrentar los mayores retos de la humanidad.
Durante este tiempo, hemos puesto de relieve una amplia gama de causas importantes. Por ejemplo, en 2004 nuestros estudios sirvieron de argumentación para intensificar la lucha contra el VIH/SIDA, cuando se convirtió en una prioridad del gobierno danés. Y el año pasado, el presidente colombiano Juan Manuel Santos declaró que gracias a nuestros estudios sobre biodiversidad se cuadruplicó el tamaño de una reserva marina en la costa de su país.
Todavía, las inversiones diseñadas para combatir la “hambruna secreta” o deficiencias de micronutrientes han estado constantemente en los primeros puestos de nuestras listas de prioridades. La evidencia muestra con claridad que la ruptura de los ciclos intergeneracionales de pobreza y subnutrición es una de las maneras más potentes de mejorar las vidas en cualquier lugar del planeta.
Tanto en 2008 como 2012, los proyectos del Consenso de Copenhague centrados en las prioridades globales para el desarrollo concluyeron que las autoridades y filántropos deberían considerar como una prioridad el combate de la desnutrición. En cada uno de estos proyectos, los expertos produjeron decenas de informes de investigación que examinaban de qué modo era mejor destinar recursos sobre una variedad de problemas, desde conflictos armados y destrucción de la biodiversidad a la propagación de enfermedades infecciosas y la higienización.
Incluso ante decenas de atractivas inversiones para escoger, en el examen de los datos los economistas premiados con el Nobel encontraron que las medidas para combatir la desnutrición se encontraban entre las opciones más potentes. El estudio de 2012 demostró que una inversión de apenas USD 100 por niño podría pagar una serie de intervenciones –incluidos micronutrientes, mejoras a la calidad dietética y programas de cambio de conducta- que reducirían en un 36% la desnutrición en los países en desarrollo. En otras palabras, cada dólar que se destinara a reducir la subnutrición crónica (incluso en países muy pobres), crearía un retorno a la sociedad por un valor de USD 30.
El estudio de 2012 tuvo un efecto tangible. El año siguiente, una coalición de organizaciones no gubernamentales prometió aportar más de USD 750 millones a programas de nutrición, basándose en parte en nuestros hallazgos. De modo similar, el ex Primer Ministro David Cameron citó el mismo estudio en un encuentro de 2013 sobre “Nutrición para el crecimiento”, cuando los gobiernos del G8 se comprometieron a gastar USD 4,15 mil millones más en la lucha contra la desnutrición.
Lo que es cierto al nivel global también lo es al interior de muchos países. Los dos proyectos más recientes del Consenso de Copenhague se centraron en Bangladesh y Haití. En Bangladesh, 30.000 niños mueren cada año debido a la desnutrición. Llamamos a invertir más en intervenciones que apuntaran a llegar a niños en sus 1000 primeros días de vida, y en un giro promisorio, nuestros estudios fueron un factor del Segundo Plan de Acción para la Nutrición de Bangladesh.
En Haití, el gobierno con el apoyo de la USAID, ha lanzado el primer proyecto de enriquecimiento de alimentos, lo que ayuda a muchas personas a la vez, porque añade nutrientes a alimentos de amplio consumo, como productos básicos (trigo, arroz, aceites) o condimentos (sal, salsa de soja, azúcar). Es apenas un arma en la lucha contra la desnutrición (otras herramientas son iniciativas de educación y selección de objetivos, como proporcionar suplementos a madres y recién nacidos), pero es una muy importante.
El enriquecimiento no es una idea nueva. La mayoría de los habitantes de los países ricos se benefician de ella, lo sepan o no. A principios del siglo XX, comenzó en Suiza la iodización de la sal, y desde entonces se ha aplicado en todo el mundo. La margarina fortalecida con vitamina A se introdujo en Dinamarca en 1918. Y en los años 30, se introdujeron en varios países desarrollados leche fortalecida con vitamina A y harina enriquecida con hierro y vitaminas B. En este punto, el enriquecimiento de los alimentos es casi universal en el mundo desarrollado, pero sigue ausente de los países de ingresos bajos y medios.
El proyecto en Haití se centrará en enriquecer la harina de trigo con hierro y ácido fólico, aceites vegetales y sal con yodo. Tras presentar nuestras conclusiones al Presidente haitiano Jovenel Moïse, adoptó medidas que requieren que todo el trigo esté fortificado con micronutrientes dentro de un año. Y durante el lanzamiento del nuevo programa, un funcionario de EE.UU. citó los estudios del Consenso de Copenhague para demostrar que la fortificación es una de “las inversiones más eficaces en el desarrollo de Haití”.
Un informe de investigación realizado por Stephen Vosti de la Universidad de California, Davis, indica que un 95% de la harina de trigo de Haití se podría fortificar por una década con una inversión de apenas USD 5,1 de micronutrientes premezclados, equipos y formación. Esta inversión relativamente pequeña rendiría extraordinarios beneficios, como prevenir 140 muertes por defectos del tubo neural y más de 250.000 casos de anemia por año. En términos monetarios, cada dólar que se gastara generaría beneficios para la sociedad haitiana por un valor de USD 24.
No existe una panacea para todos los retos actuales para el desarrollo. Pero las políticas de mejorar la nutrición se acercan mucho, ya que tienen el potencial de poner fin a un cruel ciclo de pobreza y desnutrición que puede durar generaciones.
Publicado originalmente en Project Syndicate

lunes, 28 de agosto de 2017

¿A quiénes están dejando atrás América Latina y el Caribe?

8/28/2017 03:02:00 p. m.

Por: Jessica Faieta
Subsecretaria general de la ONU y Directora del PNUD para América Latina y el Caribe



Más de 40 países –11 de América Latina y el Caribe– han compartido en un Foro en la ONU en Nueva York el mes pasado sus avances en el cumplimiento de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), la nueva agenda para avanzar en lo social, económico y ambiental hasta 2030. El encuentro ha dejado evidente la voluntad política de la región de adoptar y cumplir con esta agenda universal. Presentaron sus avances Argentina, Belice, Brasil, Chile, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Honduras, Panamá, Perú y Uruguay, a los que sumamos Colombia, México y Venezuela, que compartieron informes en 2016.
Los ODS reconocen la virtud del crecimiento económico inclusivo, sostenible, que respete al medio ambiente y fortalezca los marcos institucionales y normativos. La agenda busca "no dejar a nadie atrás", y admite que el mercado no lo resuelve todo. Esto es fundamental para nuestra región, la más desigual del mundo.
Durante el foro en la ONU el secretario general presentó su informe sobre los ODS, que muestra avances y retos para América Latina y el Caribe. En las dos últimas décadas la región obtuvo logros extraordinarios: la proporción de la población que vive en pobreza extrema (menos de 1,90 dólares diarios) se redujo de un 13,9% (1999) al 5,4% (2013). Además, un 61% de latinoamericanos tenía algún tipo de protección social en 2016.
Pero el informe también revela que seguimos en deuda con ciertos grupos, en especial los jóvenes y las mujeres. Además, ser afrodescendiente, indígena, LGBTI, persona con discapacidades, incide en las oportunidades y posibilidades de ascenso social y económico y en el acceso a servicios en nuestra región, según se detalla en un reciente estudio del PNUD.
Hay desafíos para los jóvenes, en especial los de bajos ingresos. El crecimiento anual del PIB per cápita se ha reducido en la última década y la tasa de desempleo de los jóvenes (17,2) fue casi tres veces superior a la de los adultos (6,1) en 2016.
Si anteriormente el mundo se centraba en medir el número de niños en la escuela, la nueva agenda mira la calidad de la enseñanza. Este informe muestra que, aunque hay más estudiantes que nunca antes, en muchos países de la región solo la mitad de ellos ha logrado niveles mínimos de competencia en lectura o matemáticas al final de la enseñanza primaria.
La región sigue siendo la más violenta del mundo, con hasta 27,3 asesinatos por 100.000 habitantes. Los jóvenes, principalmente los varones, son los más afectados y también son los responsables más comunes de la violencia y los delitos, según un informe del PNUD que hace un llamado para evitar su criminalización y estigmatización.
Para las mujeres quedan muchos retos pendientes. Un promedio de 12% sufrieron violencia física o sexual por sus compañeros en los últimos 12 meses. Además, tenemos la segunda tasa más alta de embarazos adolescentes del mundo. Asimismo, las mujeres dedican tres veces más tiempo que los hombres a los trabajos domésticos no remunerados, una disparidad que aumenta en América Latina cuando hay niños en los hogares.
Aunque hay más estudiantes que nunca antes, en muchos países de la región solo la mitad de ellos ha logrado niveles mínimos de competencia en lectura o matemáticas al final de la enseñanza primaria
Por otro lado, un gran logro: hay más mujeres en los Parlamentos. Subimos de un 15,2% en el 2000 al 29,4% en el 2017, siendo hoy la segunda región del mundo con más parlamentarias.
Más allá de los datos en el informe, la región ha tomado pasos concretos en crear o adaptar institucionalidad para implementar los ODS y varios países avanzan en incorporar las metas en sus planificaciones y presupuestos.
Es una buena noticia. La nueva agenda brinda una oportunidad histórica de repensar el modelo de progreso y alienta a que muchos países definan nuevas formas de trabajar con el sector público, privado y la sociedad civil, por el planeta y las personas, sin dejar a nadie atrás.
Artículo publicado originalmente en Blog PNUD

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